El negocio de la amatista: un tesoro que afuera vale millones y adorna un palacio ruso

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Uruguay es un país privilegiado: tiene las mejores amatistas del mundo. Son las más oscuras y las más caras, y en lo que va del año se ganaron US$ 13,8 millones con su exportación. En China las usan para reiki y en Estados Unidos también las valoran, aunque la más grande adorna un palacio en Rusia. Son los diamantes que nos tocaron por padrón. Son las mejores piedras que podemos ofrecerle al mercado y dinamitamos cerros con tal de encontrarlas. Armamos mezclas de explosivos, nos llenamos los pulmones de polvo y nos metemos adentro de las rocas para sacarlas. Si no podemos solos, echamos mano a retroexcavadoras y martillos hidráulicos para que hagan el trabajo por nosotros. Luego nos lucimos en las ferias del mundo con ellas. Son las ágatas y las amatistas. Dos piedras que en Uruguay damos por sentado. Dos piedras que todos tenemos en un adorno que nos regaló una tía que vemos poco. Pero en otros mercados se cotizan, se cotizan mucho y más de 500 familias uruguayas se dedican a extraerlas a diario. Bucean en las canteras en busca de una lotería: una de esas rocas que quizá se encuentren una sola vez en la vida. Los De Oliveira son personas con suerte. Calaçan, uno de sus hijos, se sacó seis loterías en las últimas semanas. Encontró seis piedras magníficas, seis piedras de las que cualquiera estaría orgulloso. Son amatistas oscuras, repletas de hierro violeta que se luce en cada cristal. Estaban una al lado de la otra, y cada unidad pesa hasta 15 toneladas. Hace tres meses que las descubrió y desde entonces hay dos hombres que se ayudan de martillos hidráulicos para extraerlas. Dice que ya están vendidas.

Pero hay más. Hay una séptima roca que es incluso más imponente que el resto. Esa se ubica en una cantera un poco más alejada y está pronta para salir, pero todavía no tiene comprador. Pesa 25 toneladas y costaría US$ 75.000 sacarla, por lo que la familia quiere asegurarse la venta antes de que vea la luz del sol. El basalto que rodeaba a la roca ya fue pulverizado y habría que empujarla con una retroexcavadora. Llevaría una semana arrastrarla hacia el mundo exterior. El mercado de las amatistas y las ágatas mueve millones de dólares todos los años, según datos de Uruguay XXI. En lo que va de 2019 se exportaron US$ 13,8 millones y los entendidos en el tema esperan acercarse a las cifras de 2013, cuando se vendieron piedras semipreciosas por US$ 25 millones. Entonces se dio el boom en los países asiáticos, luego de que los chinos conocieran las canteras uruguayas y descubrieran la calidad de sus minerales. Así se formó una relación para toda la vida. Calaçan cuenta que los chinos entran a la mina y eligen la piedra que se quieren llevar. Viajan hasta Artigas, a 60 kilómetros de la capital del departamento, y se adentran en camioneta a la roca. Recorren los pasajes oscuros de los túneles, usan equipamiento adecuado para no inhalar tanto polvo y entonces empieza la venta. En bruto las piedras se lucen más, explica el minero, ya que en ese momento se puede apreciar la verdadera calidad del mineral. A pesar de la suciedad, los colores brillan y se abre la negociación. Extraer una piedra —y que sea rentable— cuesta US$ 3 por kilo como mínimo. Esta es una ecuación universal entre los mineros uruguayos y es repetida como un mantra por los empresarios. Si el interesado ofrece menos que esto, ni siquiera vale la pena el esfuerzo. Las rocas que se venden hoy fueron descubiertas hace un año y medio, pero hubo que trabajarlas antes de lanzarlas al mercado. Y eso encarece el proceso. El primer paso antes de abrir una mina es descubrir dónde está la veta. Así se les llama a los yacimientos subterráneos que se concentran, sobre todo, en los departamentos del norte. Sin embargo, el suelo uruguayo es muy rico en hierro y el basalto está presente en la mayoría del territorio, por lo que en la Dirección Nacional de Minería y Geología (Dinamyge) estiman que puede haber ágatas y amatistas en todo el país. Néstor Campal, titular de esta oficina, advierte: “Las reservas en nuestro país son muy importantes. Estamos hablando de centenares, centenares y centenares de kilómetros cuadrados. Es verdad que en el norte es donde están más sobre la superficie, pero en los demás departamentos también hay. Eso sí, ahí seguro están más subterráneas y sería más difícil y más costoso extraerlas”. En esos casos, por supuesto, la rentabilidad ya está en duda. Según Campal, habría que excavar pozos de hasta 20 kilómetros de profundidad para encontrarlas y los costos se dispararían. Por eso hoy, antes de emitir los permisos de exploración, la Dinamyge obliga a los empresarios a presentar estudios geológicos que confirmen la presencia de estas piedras. Si el volumen es escaso o resulta muy difícil obtenerlas, el negocio ya deja de ser provechoso y la remoción de tierra no tendría sentido.

Marcos Martínez, presidente de la Asociación de Mineros de Artigas (Amina), dice que en este momento están trabajando en el 1% de los yacimientos. Él también es propietario de minas y asegura que en esa empresa habrá trabajo hasta para sus bisnietos. “Seguro hay actividad hasta dentro de 100 años. Es inagotable la cantidad de piedras que hay, el tema es que a veces no nos conviene sacarlas porque no se pagan tanto como nos cuesta la extracción”, señala. Antes de obtener una concesión, los interesados deben estudiar los campos. La legislación uruguaya establece que la tierra es de los “superficiarios”, quienes no adueñan los minerales que haya escondidos debajo del suelo. Esas riquezas son patrimonio del Estado, por lo que los empresarios que vayan a explotar las canteras deberán pagar un canon en función de la producción que generen. Si dos semestres seguidos no trabajan en el lugar, el permiso puede serles revocado. El negocio funciona así: el dueño de un campo —que hasta entonces se dedicaba a la actividad ganadera— descubre que bajo sus pies hay una veta. Puede hacerse cargo él de la explotación o arrendárselo a alguien más, lo que en general sucede. Ese minero deberá pagarle al Estado por los minerales y también le dará parte de sus ganancias al dueño de la tierra mientras funcione el permiso. La mayoría de las concesiones en Uruguay duran entre 15 y 30 años. “Cuando comparas la rentabilidad minera y la agrícola ganadera en esa zona del país, las relaciones de rentabilidad pueden ser del orden de 100 a uno, o 1000 a uno. No hay ninguna duda de que es mucho mejor tener una mina: si sos el propietario te sacaste la grande. Estás sentado en tu casa, no invertiste un solo peso y tienes una entrada que depende de lo buena que sea la mina”, dice Campal. Una vez que se termina la concesión, el minero puede renovarla o devolver el campo. Eso sí, debe cuidar el lugar durante la explotación ya que habrá depositado una garantía en la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) que puede no serle devuelta si el propietario no está conforme con el estado del terreno. En Artigas es común ver los cadáveres de las canteras. Túneles vacíos, repletos de murciélagos, que décadas atrás fueron exprimidos como una naranja. Allí ya no hay más piedras o dejó de ser rentable extraerlas, por lo que los concesionarios se fueron hacia otro lado. De esos pozos —que están por encima del Acuífero Guaraní— es usual que emane el agua y que se acumule junto con la de la lluvia. Campal asegura que estos restos también son de utilidad: “No es económico rellenar los huecos que quedan. El proceso natural de transformación es que se vuelvan una fuente de agua. Uruguay ha pasado por secas muy complejas y muchos campos que no tenían otra infraestructura han salvado su ganado gracias a los reservorios de agua que quedan después de las minas”.

Artesanos de la pólvora

Una piedra rentable se vende a US$ 25 el kilo. Esas son las amatistas más oscuras, las más violetas, las más codiciadas. A diferencia de las ágatas, que son todas iguales, estas piedras se diferencian en cinco categorías: extra, A, B, C o D. Las últimas son las más baratas, esas que se pagan menos de US$ 2 el kilo y que no vale la pena extraer. Lo que las distingue es la concentración de hierro, el mineral encargado de darles el color. Uruguay tiene una virtud: sus amatistas son las más oscuras del mundo. Ni los brasileños, que tiene los mayores reservorios del planeta, logran extraer piedras de tan buena calidad. Martínez, de la Asociación de Mineros, cuenta las rocas uruguayas son las primeras en venderse en las ferias internacionales. Los coleccionistas mueren por ellas. Cuando un minero encuentra una piedra extra, debe tratarla con el mayor cuidado posible. Si está demasiado rodeada de basalto, utiliza explosivos. Así elimina buena parte del desperdicio y luego comienza un trabajo artesanal con pólvora, en el que va retirando de a poco los excedentes. Cuando falta poco para extraerla, termina el trabajo a mano. Lo peor que les puede pasar es romperla.

En eso está Calaçan, que tiene siete loterías prontas para salir, y se encuentra en la etapa manual. Muestra las piedras como si fueran trofeos y sus mayores lo felicitan. “¡Qué orgullo!”, le dicen. En la mina se respira polvo y el dolor de cabeza empieza a aflorar, hasta que alguien llama la atención del grupo y advierte que habría que ir a tomar aire afuera. Los cascos y los chalecos reflectivos son de uso obligatorio, ya que el trabajo con explosivos puede haber dejado alguna roca floja. Esas piedras saldrán de los túneles en las próximas semanas. Serán llevadas a los talleres de la familia De Oliveira, donde trabajan 50 personas que terminarán la tarea. Hay que lavarlas, pasarles un ácido para eliminar impurezas y pulirlas. Si en la extracción se rompe alguna parte —todos esperan que esto no pase—, uno de los obreros la zurcirá a mano. Con pegamento y una caja repleta de pedacitos de amatistas, el artesano irá rellenando uno a uno los huecos de la piedra. Ese trabajo puede llevar varios días, y requiere paciencia y pulso. Cleusa, la madre de Calaçan, cuenta que los ojos más puntillosos notan enseguida estos retoques y eso implica una fuerte rebaja en el precio final. Los inexpertos jamás dirían que esa amatista fue remendada. En este negocio, reconocen los mineros, lo más importante es la honestidad. Martínez explica que los chinos estuvieron “varios años tanteando” los productos uruguayos, hasta que confirmaron que la calidad era tan buena como parecía. Lo mismo ocurre con Estados Unidos, otro mercado que se abrió en el último tiempo y que se transformó en el mayor consumidor de amatistas. La más grande, sin embargo, fue a parar a un coleccionista ruso que la colocó en su palacio. Los chinos ahora prefieren las ágatas o los cuarzos, que son muy similares a las amatistas pero blancos. Calaçan explica que estas piedras son famosas en el mundo por sus propiedades energéticas y son utilizadas para reiki. Cuanto más grandes sean, mejor. También hay joyas, adornos y baldosas hechas de estas rocas. En el taller de la familia De Oliveira está pronto un alhajero del tamaño de una valija grande, que está a la venta y pesa casi media tonelada. Es piedra extra y no se negocia por menos de US$ 25 el kilo. Son unos US$ 12.500 por esa pieza única, que salió de un túnel uruguayo y pronto se volverá el capricho de un millonario extranjero. Cleusa cuenta que nada de lo que se exhibe en esos galpones tiene a Uruguay como destino final. Aquí quedan los retazos, esos que se rompieron durante las explosiones y fueron extraídos para evitar la acumulación dentro de las minas. Luego los venden a los artesanos locales que preparan alhajas de menor calidad. Al resto del mundo, un buen minero puede ofrecerle hasta tres contenedores al mes. Además de las piedras en bruto —que suelen terminar en Brasil—, envían piezas trabajadas. Si el cliente no puede venir a elegir el producto, le mandan fotos por correo electrónico y cierran el trato. Deben adjuntarles el peso, la medida y la calidad de los cristales. Si mienten, dice Cleusa, se olvidan de ese comprador. Además, Brasil nos sigue de cerca. La calidad de las rocas uruguayas hizo que familias brasileñas —como los De Oliveira— se instalaran en nuestro país y pidieran permisos de extracción. Campal, de la Dinamyge, dice que la mayoría siguen siendo uruguayos, si bien reconoce que en el último tiempo hubo extranjeros que solicitaron autorizaciones. Según los mineros, esto ocurre porque los brasileños utilizan las amatistas uruguayas como “punta de lanza” en los contenedores. Así ponen las piedras extra adelante y luego comercializan las suyas, que son más grandes en tamaño pero más claras. “El tamaño incide, pero no hace la diferencia en el precio como el color”, explica Campal. Para preservarlo, lo más importante es resguardarlas del sol. Estos tesoros subterráneos se decoloran con los rayos ultravioletas y así también se reduce su valor. En los talleres de la familia De Oliveira las cubren con arpillera y diario, ya que la mayoría tiene dueño en el extranjero y el precio está acordado. Los artiguenses repiten que el color de estas piedras fue utilizado por primera vez en la Antigua Grecia para controlar a los borrachos. Dicen que les colgaban una del cuello e iban mirando cómo evolucionaba el violeta. Si se diluía significaba que la persona había trabajado al sol y había dejado el vicio de lado. Más de 2.500 años después, Uruguay puede preciarse de tener las amatistas más oscuras del mundo. Unas rocas que no suelen valorarse en casa pero que cotizan bien fuera de fronteras. www.elpais.com.uy

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