Tras las disrupciones provocadas por los conflictos en el mar Rojo y el estrecho de Ormuz, la industria marítima comienza a mirar con creciente preocupación otro factor capaz de alterar el comercio global: un nuevo episodio intenso de El Niño. Aunque el fenómeno aún no se ha consolidado oficialmente, puertos, canales interoceánicos y operadores logísticos ya incorporan escenarios preventivos para evitar repetir la crisis que golpeó a la navegación entre 2023 y 2024.
Cuando la industria marítima parecía concentrar toda su atención en los riesgos geopolíticos, un viejo conocido volvió a instalarse en las mesas de planificación de navieras, autoridades portuarias y operadores logísticos. El posible desarrollo de un nuevo evento intenso de El Niño —al que algunos analistas y consultoras privadas ya denominan «Super Niño», aunque esa no es una clasificación oficial de los organismos meteorológicos— comienza a ser evaluado como uno de los principales factores de incertidumbre para el transporte marítimo internacional.
La experiencia reciente explica esa preocupación. Entre 2023 y 2024, la combinación de una severa sequía y temperaturas oceánicas extraordinariamente elevadas redujo los niveles del lago Gatún, obligando al Canal de Panamá a limitar el número de tránsitos diarios y el calado permitido para los buques. Aquella situación provocó largas filas de espera, desvíos de rutas, incrementos en las tarifas de flete y un efecto dominó sobre las cadenas logísticas mundiales.
Lejos de considerar aquel episodio como un hecho aislado, la comunidad marítima internacional lo tomó como un punto de inflexión. Hoy, la estrategia ya no consiste únicamente en reaccionar cuando aparecen restricciones, sino en anticiparse mediante inversiones, planificación hidrológica y nuevos protocolos operativos.
Ninguna infraestructura simboliza mejor esa transformación que el Canal de Panamá.
Por esta vía transita cerca del 3 % del comercio marítimo mundial y aproximadamente el 40 % del tráfico de contenedores entre Asia y la costa este de Estados Unidos. Su funcionamiento depende directamente del agua dulce almacenada en los lagos Gatún y Alajuela, indispensables para el sistema de esclusas.
La sequía registrada durante el último gran episodio de El Niño puso en evidencia la vulnerabilidad de ese modelo. El descenso del nivel de los embalses obligó a restringir el paso de embarcaciones precisamente cuando el comercio internacional comenzaba a recuperarse tras los efectos de la pandemia.
Como consecuencia de aquella experiencia, la Autoridad del Canal modificó sustancialmente su estrategia de gestión del recurso hídrico. Durante 2026 mantuvo niveles de almacenamiento superiores a los habituales, optimizó los sistemas de reutilización de agua en las esclusas neopanamax y avanzó en proyectos estructurales destinados a garantizar el abastecimiento en las próximas décadas, entre ellos el desarrollo del embalse de Río Indio. Las autoridades canaleras sostienen que, por el momento, no prevén restricciones para este año, aunque monitorean permanentemente la evolución de las condiciones climáticas.
La principal enseñanza para la administración panameña fue que la gestión del agua pasó a ser un componente tan estratégico como el propio tránsito marítimo.
El posible regreso de un evento intenso de El Niño también está modificando la planificación de numerosos puertos del Pacífico y del Atlántico.
Terminales de Chile, Perú, Ecuador y Colombia han fortalecido sus programas de monitoreo oceanográfico para anticipar alteraciones en el oleaje, la sedimentación y la operatividad de los canales de acceso. En varios casos, los planes de contingencia contemplan dragados preventivos, revisión de defensas costeras, inspección de infraestructura crítica y ajustes en las ventanas de atraque cuando las condiciones meteorológicas así lo exigen.
En el Atlántico, las preocupaciones adquieren otra dimensión. Los cambios en los patrones de precipitación pueden modificar el caudal de grandes sistemas fluviales utilizados para la navegación comercial, afectando especialmente a corredores como la Hidrovía Paraná-Paraguay, donde las bajantes extraordinarias registradas en los últimos años dejaron en evidencia la sensibilidad de la logística regional frente a los eventos climáticos extremos.
Para las administraciones portuarias, la resiliencia climática dejó de ser un concepto vinculado exclusivamente al cambio climático de largo plazo y pasó a formar parte de la gestión cotidiana del riesgo operativo.
Aunque suele asociarse principalmente al océano Pacífico, El Niño produce alteraciones atmosféricas que alcanzan prácticamente todo el planeta.
El calentamiento anómalo de las aguas superficiales modifica los patrones de circulación atmosférica y altera la distribución de lluvias, sequías, tormentas y ciclones tropicales. En términos marítimos, esos cambios pueden traducirse en variaciones del nivel de los ríos, disponibilidad de agua para esclusas, mayor sedimentación portuaria, modificaciones del oleaje y alteraciones en las temporadas de huracanes del Atlántico.
Estos efectos repercuten directamente sobre la seguridad de la navegación, los cronogramas de operación y los costos logísticos de las principales rutas oceánicas.
Las consecuencias no se limitan al transporte marítimo.
Las pesquerías del Pacífico sudoriental figuran entre las más sensibles a los eventos intensos de El Niño. El aumento de la temperatura superficial del mar modifica la distribución de nutrientes y desplaza numerosas especies comerciales hacia aguas más profundas o latitudes diferentes.
Perú y Ecuador han experimentado históricamente fuertes reducciones en las capturas de anchoveta durante los episodios más intensos, mientras que otras especies modifican sus patrones migratorios, obligando a adaptar las campañas pesqueras y los esquemas de manejo científico.
En el Atlántico Sur, investigadores siguen de cerca los posibles efectos indirectos sobre distintas especies comerciales, aunque la magnitud de esos impactos depende de múltiples variables oceanográficas.
La preocupación actual no surge de una hipótesis aislada. Los antecedentes muestran que los eventos más intensos de El Niño han coincidido con importantes perturbaciones para la actividad marítima.
El episodio de 1982-1983 generó lluvias excepcionales sobre la costa occidental de Sudamérica y profundas alteraciones en la actividad portuaria y pesquera.
El fenómeno de 1997-1998, considerado uno de los más intensos del siglo XX, provocó pérdidas multimillonarias en infraestructura costera, afectó cadenas logísticas y modificó significativamente la disponibilidad de recursos pesqueros.
En 2015-2016, otro evento de gran magnitud volvió a alterar los patrones climáticos globales, con repercusiones sobre puertos, ríos navegables y sistemas productivos.
Finalmente, entre 2023 y 2024, la crisis hídrica que afectó al Canal de Panamá transformó un fenómeno climático en un problema de alcance global para el comercio marítimo, evidenciando hasta qué punto una restricción localizada puede repercutir sobre las cadenas de suministro internacionales.
Hasta hace pocos años, la gestión del riesgo en el transporte marítimo se concentraba principalmente en factores como la piratería, los conflictos armados, los accidentes o las interrupciones portuarias.
Hoy, esa ecuación incorpora un componente adicional: la variabilidad climática.
Las grandes navieras ya integran modelos meteorológicos avanzados en la planificación de sus rutas; los puertos invierten en infraestructura resiliente; las aseguradoras incorporan nuevas variables climáticas en sus evaluaciones de riesgo y los organismos internacionales impulsan herramientas para fortalecer la adaptación del sector marítimo frente a fenómenos extremos.
La posibilidad de un nuevo episodio intenso de El Niño todavía permanece bajo seguimiento científico y no existe una declaración oficial que confirme un «Super Niño». Sin embargo, la experiencia acumulada durante las últimas décadas dejó una conclusión compartida por buena parte de la industria: esperar a que el fenómeno se materialice ya no es una opción.
En un contexto donde la seguridad del estrecho de Ormuz, las tensiones en el mar Rojo y la creciente incertidumbre climática convergen sobre las mismas cadenas logísticas, el transporte marítimo enfrenta un desafío inédito. Si durante décadas las amenazas provinieron principalmente de la geopolítica, el próximo gran factor capaz de redefinir la navegación mundial podría surgir, una vez más, del comportamiento de los océanos.
