Crónica desde el fin del mundo: “El viento me hiela la piel, las manos se endurecen hasta el dolor”

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Una luz tenue y uniforme atraviesa la ventanilla del avión. Son las nueve y media de la noche, y dentro del Hércules hay más oscuridad que afuera. Esta misma mañana, en Montevideo, la pantalla de mi celular marcaba 24 grados. Todos los pasajeros vestíamos jean y remera. Doce horas después, se abre la puerta y bajo los cinco escalones del avión vestida con varias capas y una ropa especial que me hace pesar tres kilos más. Bajo a la absoluta intemperie. La pista de aterrizaje es de tierra y su final está a unos cien metros. Lo único que se acerca a mi Antártida imaginaria son los bloques de hielo dispersos en los cerros que nos rodean, que se derriten y forman lagunas de agua cristalina a sus pies.

Hay -19 grados de sensación térmica, pero ningún manto blanco cubre nada. El viento igual me hiela la piel, el frío igual me cierra la garganta, las manos igual se endurecen hasta el dolor. La noche se abre paso como una amenaza mientras la tripulación del Hércules se apresura en bajar nuestro equipaje para marchar a Chile, donde hicimos escala. Si el avión se quedara, los motores se congelarían. Esta ausencia de blancura engaña: después de unos minutos, estoy segura de que moriría si paso la noche en este aeródromo que no se parece a un aeródromo en esta Antártida que no se parece a una Antártida.

El destino de este viaje es la isla Rey Jorge, a tres mil kilómetros de Uruguay, donde la Base Científica Antártica Artigas funciona como extensión y motivo de orgullo del país desde hace cuarenta años. Llegamos en la mitad de febrero, en el principio del final de la campaña de verano. Es miércoles, pero los días se desdibujarán igual que las horas cuando una claridad aletargada reemplace el atardecer de horizonte definido, y cuando me despierte la luz de las cinco de la mañana. No importa el nombre de los días, y en lo que concierne a esta visita, las horas sólo sirven a los efectos de desayunar, almorzar, merendar y cenar. Para llegar a este mundo en avión hay que atravesar un portal. Allá y acá, el clima se monitorea hasta encontrar una ventana temporal y meteorológica que permita un cruce. La ruta aérea debe estar libre de amenazas -de tormentas, de niebla densa- durante al menos dos horas para que entrar y salir de esta latitud sea seguro. En verano pueden pasar días enteros sin que la ventana se abra. En invierno, suele permanecer cerrada. En la base nos reciben científicos y militares acostumbrados a las visitas. Hace un mes vino el presidente Luis Lacalle Pou con su familia, hace 15 años vino el príncipe de Mónaco y en estos días llegará la embajadora del Reino Unido. Cada año vienen autoridades nacionales e internacionales, artistas, periodistas. En este mismo vuelo vino la Orquesta Juvenil del Sodre, que dará un concierto “por la paz y por la ciencia” y se marchará al día siguiente.

Vengo por tres días -que se transformarán en seis-, pero si quisiera quedarme más tiempo, debería ser militar o científica. Si fuera científica, debería presentar un proyecto de investigación ante el Programa Nacional Antártico, del que participan instituciones gubernamentales y no gubernamentales nacionales que garantizan el cumplimiento de lo pactado en el Tratado Antártico, del que Uruguay es miembro consultivo desde 1980. Los científicos que tienen el sí, desarrollan sus proyectos en alguna de las cuatro fases de la campaña de verano, desde noviembre a marzo, monitoreados por una coordinadora general y con el apoyo logístico de los militares. Si quisiera quedarme todavía más tiempo, debería formar parte de la Dotación Antarkos XL, el personal militar de la base. El grupo se divide entre la treintena que trabaja durante los cuatro meses de verano y los ocho que se quedan durante el invierno. Debería, entonces, ser militar -teniente coronel o mayor si quisiera ser la jefa-, postularme para venir, no padecer ninguna enfermedad crónica, aprobar exhaustivos exámenes físicos y psicológicos -en esa instancia, debería ajustarme al “perfil ideal del hombre antártico para jefatura” si quisiera ser jefa- saber nadar, hacer un curso en el Instituto Antártico Uruguayo (IAU); convivir, a modo de prueba, varios días con mis potenciales compañeros en la Isla de Flores, en una especie de Gran Hermano; y por último -o antes que todo-, estar muy segura de esta decisión casi irreversible. Una vez que retorna a Uruguay el último vuelo del Hércules, en abril, no vuelve a la Antártida hasta noviembre.

Si hubiera logrado todo lo anterior, sabría de memoria los protocolos para cada peligro que acecha en esta isla a los pies del glaciar Collins. Por ejemplo, sabría cuál sería mi rol si un terremoto desata una alerta de tsunami. Hasta hace algunos años, los terremotos no se sentían con intensidad en estas latitudes. Ahora son varios los que lo cuentan.

Óscar Correa, cabo de primera de la Armada Nacional y buzo, vivirá este 2024 en la Base Artigas por segunda vez. Una tarde de 2018, en su primer invierno, miraba una película en el comedor cuando sintió un ruido extraño que venía desde afuera. Son los tanques rusos, pensó. Por más raro que sonara, era la única explicación más o menos lógica: la base rusa está a pocos kilómetros y sus máquinas que limpian nieve son colosales. Pero el ruido se hacía cada vez más fuerte, y Óscar entendía cada vez menos. “¿Qué hacen los rusos acá? Se quedaron sin frenos y van a entrar al comedor, pensé. Empezaron a temblar las paredes, el piso y el techo, y ese temblor fuerte habrá durado 10 segundos”, relata ahora en el mismo comedor. Se puso las botas, salió a ver y afuera no había nadie. En busca de los rusos también había salido de su cuarto el radio operador. Cada uno, desde su puerta, comprobó que el temblor había sido real. Unos minutos después, les avisaron desde la vecina base de Chile que no había riesgo de tsunami y que el terremoto fue de 7.9 en escala de Richter. Mientras la dotación chilena se evacuaba a su aeropuerto, los uruguayos buscaban rusos invisibles. Desde entonces, se instaló un sismógrafo en el laboratorio y se estableció un protocolo ante alertas de terremotos y tsunamis.

Vuelvo al cálculo. Si mi estadía fuera tan larga como la de ellos, debería aprender y practicar ese protocolo: cronometrar el tiempo que me llevaría subir un camino empinado hasta un pico rocoso, a unos 20 metros sobre el nivel del mar, donde se alza una instalación ionosférica que hace de refugio. Debería hacer el simulacro día tras día hasta lograr un tiempo razonable de 10 minutos desde la alerta de tsunami, que llega por radio, hasta cerrar la puerta del refugio donde cada uno se habría encargado de llevar una mochila de supervivencia con víveres, mantas, sobres de dormir y productos de higiene personal. A Patricia Nemeth, teniente segundo y licenciada en enfermería, le tocaría llevar el botiquín. En esta campaña, Patricia apoya la tarea de la doctora de la base y se encarga de la logística del alojamiento. Un terremoto en 2020, durante su primer viaje a la Antártida, hizo activar el protocolo. La alerta de tsunami duró varias horas.

-Nos fuimos muy, muy rápido porque no sabíamos si la ola venía en unos minutos o si venía ya. Estuvimos evacuados unas horas, pero lo supimos manejar bien.

-¿Qué sentiste?

-Miedo. ¿Vendrá esa ola gigante y cubrirá la base? ¿Se perderá todo? Para Patricia, este lugar es eso: lo que dejaron las personas que pasaron en estos 40 años y lo que construyen los de ahora. También, todo lo que una ola se puede llevar en un segundo.

Afuera, entre la niebla, el grupo de mantenimiento compuesto por electricistas, soldadores, conductores y sanitarios, levantan una manguera kilométrica para replegarla en un camión. Detrás de ellos, alejado del comedor, del laboratorio y el alojamiento, está el área de servicios. Es un gran galpón donde entran la estación de UTE, una mini estación de Ancap para abastecer a los vehículos, los generadores que dan electricidad a la base y el incinerador de residuos. Y más allá está el glaciar Collins. Hay días en que las nubes borran el límite entre el cielo y esa montaña de hielo. ¿Cuántos días van a pasar hasta que asuma que ahí hay un glaciar, que no son nubes en el horizonte? El grupo de mantenimiento termina la tarea. Almuerzan, descansan, vuelven a trabajar hasta la merienda. Este mismo día, en Montevideo, la Antártida es una discusión: qué vino a hacer el presidente y por qué trajo a su yerno, pregunta un diputado. En respuesta, el IAU publica una lista de los presidentes de la oposición que vinieron antes y quiénes los acompañaron. El contraste entre la armonía de este lugar y la discusión política borra toda la mística y confirma que exagero. Aún así, ¿qué significó ese viaje para él, para el presidente? ¿Qué fue para los anteriores? ¿Qué es la Antártida para un turista que paga 20 mil dólares, se baja del crucero en una orilla y cuando se agacha para agarrar una piedra le dicen que está prohibido llevársela? ¿Qué es para Will Smith, el príncipe Harry o los turistas millonarios que aterrizan sobre hielo azul en la Antártida continental? ¿Qué es para Waldemar Fontes, el uruguayo con tres invernadas al mando de la base y trece campañas de verano?

Waldemar cruzó caminando el mar Weddell congelado hacia la base coreana, vio un cielo estrellado a las cuatro de la tarde, escribió un diario antártico con difusión local, se adueñó y desarraigó tres veces de la Base Artigas, en el 2000, 2007 y 2009.

El coronel retirado llegó por primera vez a fines de 1999, cuando empezaba a funcionar un incipiente internet en la Base Artigas, pero se solía usar el teléfono. Había una antena de Antel que funcionaba como una extensión de Montevideo. “Se hacía el phone patch, que todavía se puede hacer. Por ejemplo: tu familia llamaba por teléfono a la central de La Fuerza Aérea, la Fuerza Aérea llamaba por radio a la base y ponían un aparato en el teléfono. Ahí se podía hablar”, recuerda desde su casa en Colón. “Pero lo que hablábamos iba al éter, todos podían escuchar. Los operadores, los radioaficionados. Era una frecuencia pública, entonces era limitado lo que se podía charlar. Era bien pintoresco”. -¿Cómo es el final del invierno?

-Estás en una cuenta regresiva, deseando que llegue el día de volver a tu casa, pero también estás deseando que se demore. Extrañás, pero no te querés ir.

Uno está pero no se puede quedar. Aunque pueda volver, no se puede quedar.

El cocinero, Ruben Borges, Cabo Primera de la Armada Nacional tomó la decisión después de escuchar los cuentos de sus compañeros. “Yo había hecho el verano y me contaban que en la invernada se volaba todo. Y dije ‘yo tengo que hacer una invernada’. La hice una vez y ahora vuelvo. Siempre te queda algo pendiente. Lo que tiene esto es que te atrapa, y si entrás no querés salir más”. En su primer invierno, hizo huevos de Pascua y los escondió por toda la base. En Google aprendió a hacer kebab y una torta rogel para un cumpleaños. En una fecha patria dibujó con una manga el escudo de Uruguay en una torta. Si tiene una computadora que tenga el solitario, dice, puede estar ocho años sin internet. “23 años de servicio y 43 de vida”, se presenta. Ruben tiene el poder que le otorga racionar lo más preciado: la carne. “Si los dejás te piden todos los domingos asado”. Durante esta estadía hizo de todo: pasta, cazuela de lentejas, pastel de carne, pastafrola, medialunas, pan casero. Si me siento a comer de espaldas a la ventana, estoy en Uruguay. Si me siento de frente, estoy en la Antártida. Es un mundo dentro de otro. Uno conocido en uno desconocido. El camino que atraviesa la base se llama Avenida Artigas, lo cruza otro camino que se llama Lavalleja, la avenida termina en una Rambla de los Orientales en la orilla de un mar que se llama Weddell. Cuando me despierto veo un poster de un pingüino justo enfrente a mi cama, pero si me doy vuelta veo un pegotín de Ancel en la ventana. Siento polvo en las manos, intento sacármelo y descubro que no es polvo; están secas. Así se pone la piel en la Antártida. Cuando abro el ropero leo: “Mueble armado el 30/04/12 por el equipo de Solo (la película)”. Todos quieren dejar su marca acá. El Hércules no va a venir hasta dentro de tres días porque así lo determinó la ventana meteorológica. De ahora en más, cada día se sentirá gratis.

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