Un equipo de investigadores chilenos identificó una nueva especie de pulpo en aguas profundas frente a las costas de Chile, un hallazgo que vuelve a poner en evidencia la vastedad —y fragilidad— de los ecosistemas marinos que permanecen fuera del alcance de la luz solar y, en gran medida, del conocimiento científico.
La especie, bautizada como , fue descrita tras más de dos décadas de trabajo liderado por académicos de la (UNAB). Se trata de un cefalópodo de tamaño mediano, sin saco de tinta, que habita entre los 436 y los 1.482 metros de profundidad, aunque podría alcanzar incluso los 2.454 metros bajo la superficie.
“No fue solamente describirlo: aquí lo que se hizo fue descubrir una nueva especie”, explica la bióloga evolutiva , académica del Departamento de Ecología y Biodiversidad de la UNAB. La investigadora enfatiza que el proceso no responde a un hallazgo aislado, sino a una acumulación de evidencia científica construida a lo largo de años.
El camino hacia la confirmación de Graneledone sellanesi comenzó en el año 2000, cuando ejemplares recolectados como fauna acompañante en faenas de pesca de profundidad despertaron interrogantes entre los especialistas. Durante años, algunos especímenes permanecieron resguardados en colecciones científicas hasta que análisis más detallados permitieron advertir que ciertas características no coincidían con especies ya descritas.
El trabajo fue desarrollado junto al investigador , también académico de la UNAB. Dada la dificultad de acceder a organismos que viven a grandes profundidades, la obtención de muestras ha sido limitada, lo que prolongó el proceso de verificación.
La confirmación se realizó mediante taxonomía integrativa, combinando análisis morfológicos y herramientas genéticas. Entre los rasgos distintivos se contabilizaron entre 43 y 45 ventosas en el brazo hectocotilizado de los machos, un órgano del embudo con forma de “VV” y entre seis y siete laminillas por hemibranquia. A ello se sumaron estudios de marcadores mitocondriales como 16S, COIII y COI.
“La parte molecular tiene un peso primordial, pero la taxonómica también, porque no se anulan, se complementan”, subraya Pardo. Como exige el protocolo científico, el equipo designó un holotipo —el ejemplar de referencia de la especie— e inscribió formalmente el descubrimiento en las bases de datos internacionales correspondientes.
Aunque para el público general la existencia de un pulpo más en las profundidades pueda parecer anecdótica, los investigadores sostienen que la relevancia trasciende el ámbito taxonómico.
“Las especies que existen hoy cumplen una función dentro de un ecosistema del que nosotros también formamos parte, porque nada está ahí por azar”, advierte Pardo. La biodiversidad actual es el resultado de cientos de millones de años de evolución, y su reducción es, según la científica, un síntoma de alteraciones graves.
La crisis climática, la acidificación de los océanos y la presión extractiva están transformando los ambientes marinos a un ritmo que supera la capacidad de estudio y comprensión. “Cuando se va reduciendo la biodiversidad, finalmente es un síntoma de que estamos causando algo grave. El objetivo hoy no es mejorarla, sino al menos mantenerla”, afirma.
Uno de los principales riesgos de los ecosistemas profundos es que su deterioro pase inadvertido. Especies y comunidades completas podrían desaparecer antes de ser siquiera descritas por la ciencia.
“Cuando tú quieres conservar algo, primero que todo, necesitas saber lo que tienes”, resume Pardo. Información sobre distribución, profundidad, reproducción y abundancia resulta esencial para diseñar políticas públicas, establecer áreas marinas protegidas o regular actividades pesqueras.
El nombre Graneledone sellanesi rinde homenaje al oceanógrafo , académico de la , quien ha liderado numerosas expediciones de profundidad en la región. El estudio también implicó la comparación de material genético y ejemplares con colecciones de museos en Alemania, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Chile, reflejando la dimensión internacional de la investigación.
Actualmente, el equipo chileno colabora con especialistas de India, Rusia, Argentina, Brasil, Perú y Nueva Zelanda en un proyecto que busca modelar el impacto del cambio climático sobre cerca de 800 especies de cefalópodos a nivel global.
Más allá de los datos y metodologías, Pardo destaca un elemento central del trabajo científico: “El asombro es lo más importante para un científico y hay que mirarlo con humildad, porque finalmente lo que se busca es aportar”.
Fuente: La Tercera de Chile/Mario Cifuentes
Foto: Javier Sellanes

