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Del “Almirante Viel” al “Magallanes”: Chile busca transformar una capacidad naval demostrada en una industria permanente

Buque Magallanes

La construcción del rompehielos “Almirante Viel” probó que Chile podía desarrollar en su territorio una unidad naval de alta complejidad. La botadura del “Magallanes”, primera nave del Plan Nacional Continuo de Construcción Naval, abre ahora una nueva etapa: sostener una línea de producción que articule a ASMAR con astilleros privados, universidades, proveedores y organismos de fomento industrial.

Chile no está comenzando a construir una industria naval. Esa capacidad existe desde hace décadas y alcanzó uno de sus mayores hitos con el rompehielos “Almirante Viel”, construido en ASMAR Talcahuano y entregado a la Armada en 2024. Lo que el país intenta ahora es dar un paso diferente: transformar esa experiencia acumulada en una política de construcción continua capaz de sostener proyectos sucesivos y elevar progresivamente la complejidad de las unidades fabricadas localmente.

La botadura del LPD-93 “Magallanes”, realizada el 18 de junio de 2026 en Talcahuano, constituye la primera materialización de esa nueva etapa. El buque multipropósito es la primera unidad construida en el marco del Plan Nacional Continuo de Construcción Naval, una política de largo plazo que busca asegurar la renovación de las capacidades de la Armada y utilizar esa demanda para fortalecer la base tecnológica e industrial chilena.

 

La diferencia con el “Almirante Viel” es importante. El rompehielos representó una demostración de capacidad: Chile logró diseñar y construir localmente una plataforma de gran tamaño y elevada complejidad, destinada a operar en uno de los ambientes más exigentes del planeta. El “Magallanes”, en cambio, forma parte de una secuencia planificada de construcción.

El proyecto Escotillón IV contempla cuatro buques de transporte multipropósito. La primera fase considera dos unidades y las siguientes etapas prevén el reemplazo progresivo de otras plataformas de transporte y apoyo de la Armada. Los buques estarán destinados a tareas de transporte de personal y equipamiento, operaciones anfibias, apoyo logístico y asistencia ante desastres naturales, además de contar con capacidades para operar en aguas antárticas.

La política que sostiene este proceso fue firmada en enero de 2025 por el Gobierno de Chile y establece una visión de largo plazo para la construcción naval. Su objetivo no es solamente renovar la flota, sino generar una actividad sostenida que permita preservar conocimiento, formar especialistas, desarrollar proveedores e incorporar capacidades tecnológicas.

La Armada cuenta con una trayectoria de más de seis décadas de construcción naval a través de ASMAR. En ese período, el astillero estatal participó en la fabricación de patrulleros oceánicos, buques científicos y otras unidades de apoyo. El “Almirante Viel” representó un salto especialmente significativo dentro de ese recorrido: fue construido en Chile y se convirtió en la mayor y más compleja unidad naval desarrollada localmente hasta ese momento.

La experiencia acumulada en ese proyecto es uno de los activos sobre los que se apoya la nueva política. La construcción del rompehielos permitió desarrollar conocimiento en ingeniería, integración de sistemas, gestión de proyectos de gran escala y coordinación de una red de proveedores. El objetivo actual es evitar que esas capacidades queden asociadas a una obra puntual y convertirlas en una plataforma para nuevos proyectos.

El modelo también incorpora una participación más definida de la industria privada. El caso más concreto es el acuerdo entre ASMAR y ASENAV para la fabricación de las embarcaciones de desembarco que equiparán a los buques del Proyecto Escotillón IV. ASMAR construye los buques multipropósito en Talcahuano, mientras el astillero privado con sede en Valdivia participa en la fabricación de un componente específico de las unidades.

La fórmula muestra una división de capacidades más que una sustitución del papel de ASMAR. El astillero estatal mantiene la responsabilidad sobre la construcción de la plataforma principal, mientras una empresa privada aporta su experiencia en la fabricación de las embarcaciones auxiliares. El resultado es una cadena productiva que distribuye parte del trabajo entre distintos actores de la industria naval chilena.

La articulación público-privada también se está organizando a través del Comité de Construcción Naval, con participación de la Armada, el Ministerio de Defensa, el Ministerio de Economía y CORFO. La instancia busca impulsar el desarrollo tecnológico, la colaboración con empresas y las iniciativas de fomento industrial vinculadas a las futuras unidades de superficie que requerirá la Armada.

La academia es otro componente de la estrategia. En diciembre de 2025, la Armada y la Universidad Austral de Chile suscribieron un convenio para desarrollar investigación, innovación tecnológica y formación de capital humano avanzado en ingeniería naval. La necesidad es concreta: una línea permanente de construcción requiere ingenieros, técnicos y especialistas capaces de acompañar proyectos de mayor complejidad durante las próximas décadas.

La dimensión territorial también forma parte de la política. En febrero de 2026, la Armada participó en un encuentro organizado por el Comité CORFO de Construcción Naval en Punta Arenas para analizar la posibilidad de consolidar a Magallanes como un polo de servicios navales e industriales. La discusión busca extender los beneficios de la actividad más allá de los principales centros de construcción y vincular el desarrollo naval con las necesidades estratégicas de la zona austral y antártica.

La apuesta de largo plazo es aumentar gradualmente la complejidad de las plataformas construidas en el país. La propia Armada ha planteado que el Plan Nacional Continuo de Construcción Naval debe generar el conocimiento y la experiencia necesarios para que Chile pueda avanzar hacia proyectos de mayor exigencia tecnológica. Entre las aspiraciones planteadas se encuentra la posibilidad de construir futuras fragatas en territorio nacional, aunque ese objetivo requiere todavía desarrollar capacidades adicionales y completar una curva de aprendizaje industrial.

En ese sentido, el “Almirante Viel” y el “Magallanes” cumplen funciones diferentes dentro de la evolución de la industria naval chilena. El primero demostró que el país podía construir una unidad de alta complejidad. El segundo representa el intento de convertir esa capacidad en continuidad.

La diferencia no es menor. Una industria naval no se consolida únicamente con la construcción exitosa de un buque. Necesita una sucesión de proyectos, una base de proveedores, capital humano, investigación, capacidad de mantenimiento y una demanda capaz de sostener la inversión.

Chile intenta construir precisamente ese ciclo. La Armada funciona como el principal impulsor de la demanda; ASMAR concentra las capacidades de construcción y mantenimiento de mayor escala; empresas como ASENAV pueden participar en componentes y proyectos específicos; universidades y centros de formación aportan conocimiento y profesionales; y organismos como CORFO buscan articular instrumentos de desarrollo productivo.

La botadura del “Magallanes” marca, por lo tanto, un hito industrial distinto al del “Almirante Viel”. No es la primera demostración de que Chile puede construir grandes buques. Es la primera unidad de un programa diseñado para que esa capacidad no dependa de un proyecto aislado.

El desafío será sostener la continuidad, ampliar la participación de la industria nacional y avanzar hacia plataformas cada vez más complejas. Si el modelo logra consolidarse, Chile podría pasar de contar con una capacidad naval desarrollada durante décadas a disponer de una política industrial capaz de utilizar la renovación de su flota como motor permanente de ingeniería, tecnología y producción nacional.

 

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