Las bacterias devoradoras de metano de la base antártica uruguaya nos están ayudando a contener el cambio climático (Parte III y última)

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Y entonces… ¿se contrarrestan?

En los lagos había diversidad de arqueas que generan metano y de bacterias que lo consumen. La pregunta entonces es si, a medida que la temperatura aumenta, la actividad de unas y otras se compensa. Lo que ven con su trabajo es que así como el aumento de la temperatura favorece la generación de metano, también favorece la actividad de nuestros mafiosos (los MOB) que lo consumen. De hecho, en el artículo dicen que, “al determinar el potencial de oxidación aeróbica de metano” de los cinco sedimentos de lagos, vieron un “aumento de hasta 100 veces” entre los 5 °C y los 20 °C. A más temperatura, la actividad metanotrófica también aumentaba.

“No hay mucha información sobre qué sucede con el ciclo de metano en la Antártida, por lo que este incremento que vemos no nos permitiría por sí solo decir si mitigarían el metano generado con el aumento de temperatura”, dispara Roldán, que enseguida nos tranquiliza. “Afortunadamente, tenemos también el trabajo de Valentina, que ya está publicado en su tesis, y con base en sus datos podemos decir que la actividad metanótrofa sí podría mitigar la actividad metanogénica”.

La palabra de moda al hablar de emisiones es “neutralidad”. Lo que ven en los sedimentos de estos lagos es que la carrera entre productoras y consumidoras de metano más o menos se compensa. Al aumentar la temperatura, según los resultados de laboratorio, los lagos alcanzarían cierta “neutralidad” de metano. “Se llegaría a cierto equilibrio”, reconoce Roldán. Pero…

“Pero no sabemos a ciencia exacta que va a pasar eso en un escenario de calentamiento de la Antártida marítima”, ataja Machín. “En nuestras condiciones controladas de laboratorio hay un aumento de producción de metano al aumentar la temperatura y también un aumento en el consumo de metano. Habría cierto equilibrio, pero no podemos decir que se consumiría todo el metano que se produce”, afirma.

Es que el laboratorio, como indica la temperatura otoñal de este mayo, no es la Antártida. “Por ejemplo, Valentina usa sustratos que agrega a estos sedimentos. Uno puede decir que al aumentar la temperatura aumenta la producción de metano y también la actividad metanótrofa, pero en el laboratorio no vemos qué pasa con los microorganismos que están alrededor”, explica Roldán. “Si con ese aumento de la temperatura se empiezan a morir los microorganismos que están alrededor, capaz que los metanótrofos no son tan eficientes o los metanogénicos no producen tanto o, al contrario, producen más porque va a haber más materia orgánica disponible. Hay un equilibrio en la comunidad que puede ser frágil, porque no están solas en el mundo”, plantea.

“También lo que sucede es que en un escenario de calentamiento deberíamos ver también qué pasa alrededor en la Antártida”, complejiza Machín. “Vemos que hay mayor biodiversidad, porque al comenzar a derretirse los hielos hay mayor superficie para que crezcan musgos, hay más materia orgánica, más especies invasoras que pueden establecerse al aumentar la temperatura. Nosotros observamos este equilibrio, digamos, entre actividades en el laboratorio, pero qué pasará en la Antártida, en un par de años, cuando el calentamiento global también tenga ese efecto de que haya mayor biodiversidad, tanto animal como vegetal, no podemos saberlo. Capaz que entonces la historia es diferente. Capaz, con más materia orgánica, la actividad metanogénica no puede ser mitigada por los metanótrofos”, dice, impulsándonos a no jugarnos la ropa por las bacterias y a asumir nuestro deber de parar con la emisión de gases de efecto invernadero.

Con la cantidad de materia orgánica y la temperatura actual, el balance entre la generación y el consumo de metano estaría dando. “Pero si convertís a la Antártida en un biorreactor, el panorama puede ser otro”, complementa Roldán. “Tenés el efecto, por ejemplo, de la actividad turística. La Antártida se está volviendo un centro turístico y eso conlleva muchos riesgos”, agrega Machín. Como si fuera un zoológico con su letrero “prohibido darles de comer a los animales”, en la Antártida, ante los residuos de los turistas, habría que poner un letrero que dijera “prohibido darles de comer a las bacterias”. “Sí, que los turistas no dejen nada. Aunque no se vean, los microorganismos están ahí y tienen un potencial metanogénico”, ríe Machín.

“Además, la Antártida marítima es una zona de transición. Es una zona que estamos viendo cada vez más benévola, empiezan a entrar plantas que no estaban asociadas al bioma que estaba allí, y eso produce más materia orgánica. Capaz que la microbiota que estaba asociada ahí no da abasto para consumir esas nuevas fuentes de materia orgánica que era desconocida para ellas. Eso sería un factor a tener en cuenta en el futuro, sobre todo con el ingreso de especies exóticas”, alerta Roldán.

¿Aliadas?

Las bacterias metanótrofas están, por ahora, conteniendo el metano. ¿Pero podrían hacerlo fuera de la Antártida? ¿Podrían ayudarnos a combatir el calentamiento global? “Esa es una de las cosas que pensamos, o más bien, soñamos. Una aplicación biotecnológica utilizando estas bacterias”, confiesa Menes. “Hacer un cultivo puro por ahora no sería posible, pero sí podrían crecer en un biorreactor”, dice Roldán. “Además, las metanótrofas no solamente tienen esta propiedad amigable con el ambiente de consumir metano sino que la mayoría es capaz de degradar muchos compuestos recalcitrantes. Las revisiones de metanótrofas muestran muchas posibles aplicaciones”, dice Menes con un brillo en los ojos. “Las tenemos en el laboratorio creciendo y podríamos intentar ver qué otras propiedades tienen”, dice Roldán, que se ve que viene pensando en el asunto.

“Como son microorganismos antárticos, para preparar la aplicación biotecnológica que fuese, no tendrías que calentarla para cultivarla o para enriquecerla, podrías trabajar a temperatura ambiente o baja, entre 5 °C y 10 °C, por ejemplo”, agrega. Muchos microorganismos que usamos son mesófilos y requieren estar cerca de los 35 °C para que trabajen bien. “Ellas entre 10 °C y 25 °C cumplen su función”, defiende Roldán. Volviendo a la serie del inicio, le pregunto si matarían por una bacteria capaz de detener el calentamiento global. “Si la puedo patentar…”, dice tentado Roldán. Menes lo mira y pone cara de pensar seriamente en la alternativa. “No sé si se puede poner mi respuesta en la nota”, dice al borde de la carcajada. Machín parece esperar a que se ajusticien entre ellos para después ver qué hace. Pero antes de hacer bromas con asesinatos, antes de soñar con aplicaciones, el primer paso es conocer a estos microorganismos. “Cuando ignorás el nombre de las cosas, ignorás lo que sabés de ellas. Esa frase de [Carlos] Linneo es una de mis frases de cabecera. Si no le das un nombre, no lo clasificás, no lo estudiás, no podés saber qué potencial tiene. De ahí la importancia de hacer ciencia básica”, afirma Roldán.

Nota:  Artículo: “Diversity and effect of increasing temperature on the activity of methanotrophs in sediments of Fildes Peninsula freshwater lakes, King George Island, Antarctica”.  Publicación: Frontiers in Microbiology (marzo de 2022)

Autores: Diego Roldán, Daniel Carrizo, Laura Sánchez y Javier Menes.

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