El Cathay VIII cumple cuatro décadas sobre la arena

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El 14 de octubre de 1977 el atunero chino naufragó en aguas del Océano Atlántico dejando para siempre sus huellas de hierro en la playa, donde aún hoy pueden ser vistas. “El catorce de octubre de 1977 había sido un día como tantos otros. En el pueblo quedaban los habitantes permanentes, menos Bolívar Villalba, que había tenido que ir a Rocha por trámites y debía permanecer hasta el otro día. -Lo único que pido es que si un día encalla un barco acá, yo esté para verlo- había dicho Bolivar. A las doce de la noche había llamado a (N.deR: su esposa) Margarita para confirmarle que debía quedarse en la capital y preguntar por novedades. Mientras tanto en la cantina del Club, los parroquianos miraban televisión. La niebla en el exterior era tan densa que no se veía a 30 metros. El televisor estaba muy fuerte, la serie policial que ojeaban de vez en cuando, abundaba en alarlas de todo tipo y disparos. Tal vez por eso no escucharon la sirena, pero cuando la niebla se iluminó deslumbrando de pronto desde el bajo proveniente del mar, la sangre se congeló en las venas de los asistentes, que quedaron estupefactos.

-¡Vamos afuera todos! – arengó una voz imperiosa.

unos empujando a otros fueron dejando el local que quedó abierto de par en par, y entre la niebla caminaron como hipnotizados hacia aquella especie de estadio ilumindado que había tomado porsesión del deplayado prohibido para baños. Dieron un soberano respingo cuando sin previo aviso comenzó el fuerte ulular de una bocina, que despejaba toda posible duda. -¡Un barco, muchacho! ¡Un barco encallado! ¡Encalló un barcooo!- gritaban a la noche, a sí mismos y a las casas herméticamente cerradas…

El mar ensorcedía a todo el mundo, la niebla se había dejado barrer un poco contra la orilla debido al huracán, y el barco, con todas sus luces como para fiesta, agonizaba en un lamento de sirena tan interminable como inútul.

Eran las diez y pico de la noche.

La gente regresaba al tranco a sus casas, dando de vez en cuando una ojeada hacia atrás.

Pero era ciertamente cierto.

El atunero chino Cathay había encallado.

Y bolívar estaba en Rocha.”

Fragmento del capítulo El extraordinario 1977 del libro La Pedrera. Vida y milagros de María Ferrer. La autora participará de los festejos por los 119 años del pueblo contando esta y otras historias. Será el sábado 4 de noviembre a las 14 en la rambla, donde Ferrer tiene su casa. http://lapalomahoy.uy

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