RESCATE EN EL MAR, INCIDENTE BYR Nº 259

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(BYR = Búsqueda y Rescate)

Al mediodía del martes 22 de febrero de 1983 el destructor “Uruguay”, cumpliendo su semana de guardia BYR, se encontraba fondeado frente a la Playa de la Calavera, Cabo Polonio, al comando del entonces Capitán de Fragata Alberto Lozano. El comandante había asumido hacía tan solo dos semanas, y si bien conocía el buque a la perfección por haberlo tripulado en varias ocasiones, aprovechó la zarpada para conducir los ejercicios clásicos de un buque listo para el combate (incendio, hombre al agua, colisión, abandono, etc.). Contaba con 2/3 de la dotación normal, porque era período de licencias y el tercio faltante estaba disfrutando del descanso.

A las 12.30 de ese día el buque recibió la orden de asistir al pedido de ayuda del pesquero chino “Kuo Zong”, que tenía a bordo un tripulante gravemente herido y se encontraba enfrentando condiciones meteorológicas muy adversas. Verificada la posición, en el destructor constataron que el barco siniestrado se encontraba a 1.200 millas náuticas de distancia, prácticamente en el medio del Atlántico.

En 20 minutos el Uruguay puso proa al Este, informando al mando que carecía de personal médico idóneo para enfrentar la situación. Así, se coordino una maniobra para ponerle a bordo los recursos humanos necesarios. Un helicóptero de la Aviación Naval trasladó a la Base Naval de La Paloma un equipo integrado por un médico cirujano (Dr. Vladimir Guicheff), un anestesista y el material quirúrgico necesario, y un traductor de idioma chino. En La Paloma se encontraba la Lancha Patrullera Rápida “25 de Agosto”, que los trasladó, haciendo rendez-vous con el Uruguaya las 05.30 del miércoles 23 de febrero, sobre el límite de las 200 millas de nuestra zona económica exclusiva.

La navegación posterior se desarrolló a la velocidad máxima sostenida del destructor. Durante esas horas se fue complementando la información. El día 19 de febrero, el pesquero Kuo Zong estaba maniobrando con un palangre sobre cubierta cuando un marinero resultó mordido por un tiburón recién extraído de las aguas, que le ocasionó la casi amputación del brazo, herida agravada por la toxicidad infecciosa de la boca del escualo. Desde entonces, el pesquero navegaba con rumbo Oeste, emitiendo su posición y novedades una vez al día.

Con el transcurso de las horas y los intercambios de información, se determinó que el encuentro de los buques se produciría sobre las 17.00 horas del jueves 24 de febrero. Ese día amaneció totalmente cubierto y con el tiempo desmejorando. La baja capa de nubes impidió el apoyo de una aeronave de la aviación naval en la localización del pesquero y facilitación del encuentro. Para complementar los problemas, el radar operativo de superficie del Uruguay presentó fallas, dependiéndose de la ayuda del radar de navegación solamente.

A la hora teórica del encuentro aún no se había producido avistamiento alguno. El cielo estaba totalmente cubierto, con viento moderado a fuerte del sureste, olas de 4 a 5 metros y reducida visibilidad horizontal. Además de los puestos habituales, se había reforzado la dotación de vigías, y en los hechos casi toda la tripulación estaba en cubierta, oteando el horizonte en busca de algún blanco. Los esfuerzos se coronaron cuando a las 17.40 un vigía descubrió la silueta del Zuo Kong.

En cubierta de popa estaba lista la maniobra de interdicción y rescate, consistente en un bote inflable tipo Zodíac Mk -4, a cargo del Alférez de Navío Daniel Arancio (excepcional nadador, internacionalmente galardonado), e integrada por el Dr. Guicheff, un buzo, el traductor y una camilla. Al aproximarse las naves, el destructor se mantuvo al socaire, bajando el bote al agua, tarea nada sencilla por la altura de las olas. Pese a ello, el bote se destacó, alcanzando en minutos la banda del pesquero, abordándolo el Alférez Arancio, el Dr. Guicheff y el traductor.

El médico procedió de inmediato al examen del herido, que resultó ser un joven marinero uruguayo, Luis Alberto Rosa Fonseca, de 21 años. Prácticamente en coma, su estado de salud era muy precario por la infección de la herida, y en esas condiciones su expectativa de vida era inferior a 24 horas, por lo que debía ser trasladado de inmediato al destructor para ser intervenido quirúrgicamente.

El traslado del herido y el izado de la camilla a bordo del Uruguay fueron las instancias de mayor riesgo y peligro de la operación. La cubierta de la aleta de babor era el punto más bajo y al socaire pero los rolidos del buque eran tan pronunciados que imposibilitaban la maniobra de guinchado con el pescante. Finalmente, a impulso humano, en una aproximación de ambos cascos se logró pasar la camilla de un golpe. Después se subió el bote y sus tripulantes.

Mientras el destructor iniciaba su derrota hacia Montevideo, el Dr. Guicheff preparó al herido para el proceso de intervención, suministrándole plasma y antibióticos. La reacción fue favorable, y antes de las dos horas había recuperado una respiración pausada y se había normalizado la presión arterial. Sobre la medianoche el Dr. Guicheff informó que el herido estaba estabilizado y en condiciones de ser intervenido. Entonces, el Capitán Lozano ordenó bajar velocidad y puso un rumbo que minimizara el movimiento del buque.

Para la operación quirúrgica se armó un equipo con el cirujano, el anestesista, el médico y el enfermero del buque. Se necesitaba un hombre más con cierta idoneidad técnica médica, tarea que asumió el propio Capitán Lozano, dejando el puente a cargo del Primer Oficial, Teniente de Navío Juan José Mazzeo. La intervención duró unos 45 minutos, consistiendo en la amputación del tercio inferior del brazo derecho del marinero Rosa.

Lo que resta de la historia puede asumirse como una navegación normal de regreso a puerto, con la satisfacción diaria de la rápida recuperación del herido. Un capítulo aparte fue la abnegación del personal de máquinas, a cargo del Teniente de Navío Miguel Santos, que durante cinco días de guardias mano a mano no permitió que avería alguna afectara el cumplimiento de la misión.

El destructor Uruguay atracó en el muelle de escala del puerto de Montevideo a las 10 de la mañana del domingo 27 de febrero de 1983, donde lo esperaban una ambulancia para traslado del herido a un hospital y un grupo numeroso de familiares y compañeros de otros buques del herido. Dos hechos muy emotivos merecen ser tenidos en cuenta: el cartel de “GRACIAS” extendido en el muelle por familiares y compañeros del herido y el abrazo con llanto del padre del Marinero Rosa al Capitán Lozano agradeciéndole lo hecho por su hijo.

Detrás quedó, como es natural, el enorme esfuerzo y la abnegación silenciosa de todos los que participaron del rescate. Es ese el espíritu de los hombres de la Armada Nacional: servir en silencio.

(C/N) Francisco Valiñas

Nota:  Ex Presidente en Academia Uruguaya Historia Marítima

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