Primera vuelta al mundo: Reconociendo el litoral de Uruguay

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Primera vuelta al mundo es una serie de artículos en la que el marino Ignacio Fernández Vial recrea cada sábado el viaje de Magallanes y Elcano. Martes, 10 de enero de 1520, «vino a ser nuestra altura 35 grados y estamos en derecho del cabo Santa María; de allí adelante corre la costa este-oeste y la tierra es arenosa, y en derecho del cabo hay una montaña hecha como un sombrero, al cual le pusimos nombre Monte Vidi, y en medio de él y el cabo Santa María hay un río que se llama río de los Patos. Y por allí fuimos todavía por agua dulce y la costa corre estesureste-oestenoroeste, después corre nordeste-suroeste hasta 34 grados y un tercio, y allí surgimos». 

PUNTA PEREIRA. El monte Vidi que describen es el actual Cerro de Montevideo, el río de los Patos es el que hoy lleva el nombre de Solís, y las aguas donde fondean son las que bañan la localidad uruguaya de Punta Pereira. Al NNO alcanzan a ver el gran delta del río Uruguay y a su entrada la isla de Martín García. De nuevo, los expedicionarios se preguntan: ¿será ésta la boca del tan deseado paso que buscamos sin descanso?

Viendo la anchura de la desembocadura de este río, de 3,8 millas aproximadamente, Magallanes toma la decisión de enviar a la nao «Santiago» para reconocerlo y ver si era este pasaje el que buscaban, y mientras espera su regreso, «íbamos otras dos naos a la parte del Sur, a ver si había pasaje para pasar, y ellos fueron en espacio de dos días, y allí fue el capitán general y hallaron tierra al sursudoeste, y estuvieron en venir cuatros días».

BUENOS AIRES. Las dos primeras naos que salen a explorar la gran bahía que habían encontrado, bien pudieron recalar a la altura de la ciudad de Buenos Aires. Cuando vuelven, Magallanes decide ir personalmente a seguir la exploración de las costas, pero después de navegar unas 100 millas regresa al fondeadero, convencido de que era inútil seguir reconociendo estos parajes. Las jornadas que pasan esperando la vuelta de la «Santiago» las dedican a rellenar sus pipas de agua dulce y a recoger leña, ya que de no llevarla a bordo no podrían encender el fogón, en cuyo caso los tripulantes se verían obligados a alimentarse con legumbres crudas, y con carne y pescado salado simplemente remojado en agua. Habitualmente prendían fuego al fogón a las primeras horas de la mañana y no se apagaba hasta el anochecer.

MUERTE Y ENFERMEDAD. Estando en estas aguas, se produce la primera pérdida de un tripulante, víctima de alguna de las muchas enfermedades que se padecieron en las naves que se aventuraron a descubrir. El hombre al que le toca encabezar la trágica lista de defunciones de la armada fue un adolescente: el grumete de la nao «Concepción», Guillén, que pierde la vida el 25 de enero de 1520, cuando aún no había alcanzado los veinte años de edad.

El cronista Ginés de Mafra cuenta que «estando aquí la armada vinieron a verla algunos indios repartidos en nueve canoas. Los más principales de ellos estuvieron en la capitana un día y una noche y por señas les preguntaban algunas cosas y él respondía. Porque a este indio mostraron oro y entendieron los nuestros que había dicho que en aquella había mucho oro, y también le mostraron una taza de plata y a esto, dijo que esperasen que él traería mucha cantidad. Magallanes no se cebó de las interpretaciones, antes dio algunas cosas de poco valor al indio y siguió su viaje».

GINÉS DE MAFRA. La vida de este cronista de la expedición, Ginés de Mafra, natural de Jerez de la Frontera, está plagada de aventuras, malaventuras, desconsuelos, incidentes y accidentes. Embarca en Sevilla como marinero de la «Trinidad» y posteriormente pasa a ser su piloto. Cuando los portugueses se apoderan de esta nao, es hecho preso por sus captores. Después de un muy largo cautiverio de cuatro años y tres meses, y de pasar por los calabozos de los asentamientos lusos de Ternate, Malaca y Cochín, y por último por la cárcel de Lisboa, consigue retornar a Sevilla, donde permanece por muy poco tiempo.

SORPRESA DESAGRADABLE. Su gran ilusión era ver a su familia, por lo que se dirige a su domicilio en Jerez, pero cuando llega a su casa se lleva una muy desagradable sorpresa, ya que su mujer creyéndole muerto, se había vuelto a casar. Desolado, se vuelve a embarcar, esta vez en una nave que se dirigía al Caribe. Ya en tierra americana, se asienta unos años en Guatemala y en 1542 toma la determinación de enrolarse como piloto en la armada de Ruy López de Villalobos. Al regreso de esta nueva y dura experiencia, se instala el año 1546 en Nueva España, donde ya le perdemos la pista. Su «Relación», un magnífico relato sobre esta expedición, tiene un enorme valor añadido, ya que es el único documento que nos da a conocer buena parte de lo ocurrido en la nao «Trinidad» en su intento de volver a cruzar el Pacífico. https://sevilla.abc.es/

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