LA VIRGEN DEL NAUFRAGIO

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Por C/N  (R) Francisco Valiñas

Pocos saben que la historia de la construcción de la Catedral de Maldonado encierra una sucesión de misterios que algunos pueden calificar de coincidencias y otros de milagros. En 1795 el Rey Carlos IV ordenó el envío del dinero para la construcción de una iglesia mayor en la villa San Fernando de Maldonado. El real decreto también estableció el envío de una imagen milagrosa de la Virgen, para que presidiera el altar mayor. Cinco años más tarde, en 1800, comenzaron las obras con la colocación de pilares de tres metros de ancho y paredes de dos metros de grosor que sostienen las dos torres, la nave central y la cúpula. Cuentan que desde una de sus torres a medio terminar, en 1806, los obreros avistaron a la flota inglesa que días más tarde invadiría Buenos Aires, por entonces capital del Virreinato del Río de la Plata. A las pretensiones fallidas de los británicos de apropiarse de las colonias españolas en estas latitudes (1806-1807), le siguió el proceso independentista, por lo que los habitantes de Maldonado y las autoridades religiosas tuvieron que olvidarse del apoyo económico de España para la Catedral. Ni hablar de la Virgen milagrosa. La declaración de la independencia y la posterior Jura de la Constitución, se prolongaron luego en revoluciones y revueltas que escribieron las primeras páginas de la historia de la flamante República Oriental del Uruguay. Debieron transcurrir 85 años hasta que el sacerdote fernandino Pedro Podestá se pospusiera terminar con la Catedral. Para ello hubo que reconstruir buena parte de lo hecho ocho décadas antes.  Los trabajos insumieron diez años. El 25 de mayo de 1895, el entonces obispo de Montevideo, Monseñor Mariano Soler y el presidente de la República, Juan Idiarte Borda, inauguraron oficialmente la Catedral de Maldonado. ¿Coincidencia, misterio o milagro? La misma tarde del 25 de mayo de 1895 y terminada la ceremonia en Maldonado, media docena de barcos de la empresa de salvatajes de Antonio Lussich llegaba hasta las inmediaciones de la isla de Lobos, donde el lujoso vapor postal español Ciudad de Santander  había encallado la noche anterior envuelto en un espeso banco de niebla.

El Ciudad de Santander era el buque insignia de la Compañía Transatlántica, perteneciente a Claudio López Bru, segundo Marqués de Comillas y uno de los hombres más ricos de la España de entonces. Al encallar, su popa cortada como con un abrelatas por las rocas y el agua comenzó a inundar las bodegas y la sala de máquinas. Transportaba 309 pasajeros y 116 tripulantes. Las escenas de pánico que se vivieron a bordo luego del cimbronazo pudieron ser dominadas, en parte, por su capitán Antonio García y la tripulación, quienes informaron a los pasajeros que si bien el barco había sufrido daños, se mantendría a flote. El buque había sido botado en 1884 y era el preferido del Marqués de Comillas, un ferviente católico amigo del Papa León XIII. Entre sus características se encontraban no solo su moderno diseño y maquinaria (tenía luz eléctrica y telégrafo), sino el lujo de su decoración, que incluía una pinacoteca excepcional de los mejores marinistas españoles de la época. Contaba además con una capilla importante, presidida por una imagen de la Virgen del Carmen, protectora de los navegantes. Cuentan que cuando Lussich y sus hombres llegaron se encontraron con muchos de pasajeros y tripulantes estaban rezando ante la santa de manto celeste.  “He prometido a la Virgen que si nos salvamos, si nadie muere, entregaré su imagen a la iglesia más cercana”, le dijo García a Lussich. “Tendrá que cumplir con su promesa”, le contestó este último. El transbordo de los pasajeros a los remolcadores Temerario, Huracán y Stefanía insumió toda la jornada. Al día siguiente, el 26 de mayo, el pasaje completo del Ciudad de Santander desembarcaba a salvo en Montevideo. En el barco quedó su capitán, la tripulación y Lussich y sus hombres que, durante varios días, hicieron el alije de la carga y mercaderías. El capitán García, mantuvo hasta sus últimos momentos la esperanza de poder sacar al buque de su varadura; pero los daños fueron muy importantes y su pérdida irreversible. Lo último que sacaron fue la imagen de la Virgen del Carmen, la llevaron envuelta en el mantel que cubría la mesa del altar. Tres días más tarde y desde Montevideo, García le escribía un largo informe al Marqués de Comillas en el que además le comunicaba su decisión de cumplir con su promesa.

El padre Podestá, le envió también una carta al Marqués de Comillas en la que decía: “¿No será que la Virgen quiere cumplir los deseos y promesas de sus hijos los Reyes y presentándose a las puertas del Templo recién terminado, se hace aquí milagrosa salvando a los náufragos diciéndonos: Habéis terminado mi casa, abridme las puertas, dejadme entrar…”. Meses más tarde, el Huracán, el Emperor y el Cacique, de la compañía Lussich, con don Antonio y el capitán García a la cabeza y la cañonera General Artigas de la Armada Nacional, integraron la flota que transportó la imagen de la Virgen de Montevideo a Maldonado junto a unos 500 feligreses. Casi todo el pueblo participó en la ceremonia. Desde entonces, la Virgen del Carmen preside el altar mayor de la Catedral. (Fuente: Facebook de C/N F. Valiñas)

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