La última navegación (Parte I)

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Por C/A (R) Hugo Viglietti

Para Lilí

Diciembre recién comenzó y el verano parece ya haberse instalado sobre Montevideo. Es un día espectacular con el sol brillando en el marco de un celeste hermoso perlado con algunas pocas nubes. La particular tripulación  comienza a juntarse en el muelle y disfruto viendo llegar a viejos lobos de mar. Sonrío con nostálgico placer pensando en las millas e historias que compartimos. Hoy saldremos para una nueva singladura en lo que promete ser una navegación muy placentera. Hasta viene mi familia, mis hijos y solo el mayor de los nietos, porque tengo 4 hijos y 12 nietos y el cupo no daba para todos; me río pensando que ni salvavidas habría para tantos. La única que no viene es Lilí. Me esperará en casa, como los últimos 50 años. Hace rato que dejó de creerme cuando digo que voy a navegar por última vez. Es natural, muchas veces lo dije y siempre surgía una nueva salida. Creo que es lo único que la hizo sentirse celosa en alguna oportunidad… mi eterno romance con el mar… más de 150.000 millas navegadas en medio siglo

¿Cómo agradecerle a la vida todo lo que me ha dado?

Siguen llegando y para mi sorpresa también arriba al muelle el Comandante de las Fuerzas de Mar, sin duda es un honor que nos hace al acompañarnos. En el portalón del Barreminas miran curiosos a esta heterogénea tripulación que se va juntando. Es que tenemos un promedio de edad alto… Aprovecharemos para hacer instrucción con los más jóvenes, a contarles algunas anécdotas y a reafirmarles el acierto de haber elegido esta profesión. Mientras se aproxima la hora de embarcar, la charla sigue en esos viejos adoquines del muelle, también cargados de muchas historias. Alguien dice que una sudestada se está preparando y que está prevista una tormenta para las próximas horas. Surgen miradas de preocupación, pero Jorge con un celular en la mano lo desmiente mostrando un boletín meteorológico calmo. El pronosticador de la supuesta sudestada guiña un ojo diciendo que era una broma para ver si alguno se arrepentía de embarcar y el “Gringo” que está al lado, le da un cachetazo en la nuca mientras todos ríen. En mis tiempos no había  de esos teléfonos, el buen marino se guiaba por su experiencia, la rotación del viento, las nubes, como mucho la lectura del barómetro y por supuesto su intuición. Pero bueno, reconozco que esos tempos quedaron atrás.

Llega la hora de embarcar y lo hacemos felices. Todo apunta a una navegación calma y distendida. Luego de recibir el clásico rol por un eventual abandono del buque, la gente se distribuye a voluntad, unos van para el Puente, otros para el Comedor de Personal, yo voy con mi hija Ángela y otro grupo para la popa, el lugar de eternas charlas en navegación. Respetuosamente nos mantenemos apartados de la maniobra aunque vemos que un marinero jovencito tiene problemas para ir lascando el cabo desde la cornamusa. Julio me mira y nos entendemos sin hablarnos, ya aprenderá. También nosotros fuimos novatos una vez, aunque hace tanto que parece que hubiese sido en otra vida. El Barreminas maniobra muy bien para salir de dársena fluvial. Pasamos por la banda de “los grises” y aunque es sábado igual forman para rendir honores. Está bien que se mantengan las tradiciones.

El Muelle Escala nos sorprende con su despliegue de grúas pórtico y el movimiento de contenedores. Es impresionante como ha crecido esta operativa. Reina el buen humor y se sienten carcajadas cuando alguien pregunta dónde quedó la “chata” del Neptuno. Se la llevó el progreso le contestan mientras nos arrimamos al través de escolleras. Esto sí que no ha cambiado, ni creo que cambie nunca. Pescadores cansinos que disfrutan lo suyo. Para algunos un deporte, para otros la oportunidad de una comida distinta. Como el día está hermoso, a varios se les ve con familia, compañeras con mate o con algún libro, hasta un gurí jugando con un perro. Es una postal clásica. Saludamos y nos responden brazos que se agitan. Algunos sacan fotos. He sabido estar también de ese lado y siempre es lindo ver salir un buque.

Se nota que dejamos la tranquilidad de la rada. Pese al tiempo calmo el Barreminas se hamaca un poco, afortunadamente no mucho. Mi familia se mantiene bien y miran por la aleta de estribor hacia el Cerro, como buscando nuestra casa. Mis dos hijas han seguido mi profesión, pero sus vidas laborales vienen transcurriendo en oficinas. No se los digo porque me dirían guardabosques y esas cosas, pero prefiero que sea así. Señalan hacia el Cerro, la dirección donde supuestamente está nuestra casa e inmediatamente surge en la charla el “Pañol de Popa”. Río para mis adentros con orgullo. Muchos años de dedicación y trabajo para convertir el garaje de casa en lo que es hoy. Algunos dicen que habría que llamarle Museo… exageran un poco, pero lo cierto es que allí se respira salitre y hay cosas increíbles. Todos parecen turnarse para hablar de algo que les llamó la atención… una plaqueta de los motores Westinghouse de la vieja “Maldonado”, una botella de Coca Cola de Francia, una pasteca de madera del “Alf. Cámpora” que dio la vuelta al mundo… la notable colección de navajas marineras, una tuerca y un espárrago del “Graf Spee”, la foto con un Presidente de la República firmada y dedicada con mi nombre, un viejo y gastado gallardete de la Base de Norfolk… y entre los más viejos aparece la charla de ese viaje a Estados Unidos a reparar los Destructores. Fue espectacular, tocamos puertos de Brasil, Colombia y Panamá también. Buques nobles los viejos Destructores. Las competencias entre el “Tigre”, el “Galgo” y luego el “18 de julio” marcaron una época de mucho navegar. Imposible olvidar las “UNITAS” y los ejercicios en el mar con buques de marinas amigas. Escucho callado porque si cuento que visité 7 veces Puerto Belgrano y 14 Río de Janeiro, voy a quedar como un presumido. En realidad, las navegaciones que más me marcaron fueron aquellas en que rescatamos gente del mar. Recuerdo en el 83, cuando hicimos 1.600 millas en el viejo “Uruguay” para evacuar a un tripulante de un pesquero chino al que un tiburón había arrancado parte de un brazo. El pobre muchacho se debatía entre la vida y la muerte y nosotros metimos máquinas en una dramática carrera contra la parca. Al final llegamos a tiempo y esa vida se salvó. Me quedó grabada la imagen de sus familiares en el muelle recibiendo al buque con una pancarta que decía “Gracias”. Hay tantos recuerdos… estuve mucho tiempo embarcado y mi mayor fortuna fue tener a Lilí bancando siempre la casa con los chiquilines. Todos siguen hablando animadamente mientras nos cruzamos babor con babor con la Draga que va entrando a Puerto por el Canal de Acceso.

Más allá veo a mi nieto Javier con Héber Olinto mostrándole los restos que sobresalen del “Calpean Star” junto al veril del Canal. Le está contando la historia de ese barco hundido y sonrío al ver sus ojos grandes de asombro. Me pregunto si saldrá marino también. Vuelvo a mirar hacia el Cerro, pero ahora pienso en el Dique. Allí también he disfrutado una hermosa etapa. Un desafío tan grande como la grúa que terminé operando y un compañerismo formidable, casi familiar. Me emocionó cuando vi que el rincón de la Platea, donde normalmente nos sentábamos en improvisados bancos de madera y piedra como si fuera una plaza, le pusieron mi nombre. Tengo que averiguar quién fue, aunque sospecho del “Morocho Luis”. El muy atrevido me bautizó como “Gordo Papero”, por mi costumbre de comer refuerzos de pan con puré de papa en el medio… nunca visto en el mundo me decían… al principio me hice el enojado pero después nos reíamos todos juntos.

Mientras el buque cae a babor para salir del Canal con rumbo Este, voy con mi hijo Sebastián para el Comedor de Personal. Allí están, charlando animadamente y dándole duro al mate, el grupo de amigos que fuimos a buscar la Fragata a Lorient. Nos sentamos y disfrutamos los cuentos, vaya si tendremos historias de ese viaje. Están contando la anécdota del asado que hicimos a bordo en la cubierta a popa con unos medios tanques, cuando estábamos aún en Lorient y el tremendo lío que se armó cuando vinieron los “Marine Pompiers”, los bomberos del puerto, con sirena prendida, creyendo por el humo que se estaba produciendo un incendio a bordo. Los franceses estaban enojadísimos y no lo podían creer.

Nota: Extraído de la Revista Naval. (“Cuentos de mar y río” Vol. V)

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