La última navegación (Parte II)

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Por C/A (R) Hugo Viglietti

Para Lilí

Al final terminamos tranquilizándolos y compartiendo chorizos con ellos también. Hermes arranca más risas cuando recuerda la cara de espanto y el susto del Práctico con que entramos al Puerto de Las Palmas de Gran Canaria. El hombre, seguramente de Galicia y muy parecido al Manolito de Mafalda, veía que íbamos acercándonos demasiado rápido al muelle y pedía máquinas atrás cada vez con más fuerza… y nada, no había respuesta. El buque seguía raudo y caprichoso rumbo a embestir el muelle con el Práctico gritando desesperado “Comandante este barco no va p’atrás”… hasta que a último momento, mientras la gente del muelle huía despavorida y el Práctico pensaba en suicidarse, los maquinistas lograron enganchar los motores atrás y el frenazo llevó la proa a detenerse a milímetros del muelle. Hubo que llamar al Doctor para atender al Práctico que cuando desembarcó media hora más tarde seguía temblando. Bromas aparte, ese episodio nos hizo pensar que el buque que recién habíamos recibido de la Marina Francesa, estaba bien aspectado.

Y así estaba en efecto. Los tripulantes del Barreminas que están en el comedor escuchan con atención las historias y nosotros contamos una tras otra, porque ese año fue increíble. Luis Mario, el viejo patachero, cuenta el episodio de los tres pesqueros infractores que capturamos en una semana faenando en nuestras aguas, uno brasilero y dos taiwaneses. Le pone un poco de IVA, faltaba más, a la longitud del palangre que uno de ellos tenía en el agua… 70 kilómetros dice… lo cierto es que tenían las bodegas llenas y entre eso, más las multas y las artes de pesca, cuentan que se llegó al millón de dólares para el país.

El otro Luis, el serio, que en otra reencarnación debió ser Conde o Duque por su porte impecable, pone sobre la mesa el tema de las tormentas y enseguida surge la discusión sobre cuál fue la más fea. Unos sostienen que fue la del Mar Cantábrico, saliendo del Golfo de Vizcaya. Dura, realmente dura, recuerdo que modificamos un poco el rumbo para intentar capearla pero igual nos pegó una fiera paliza por la amura de estribor. Además fue la primera, a 24 horas de salir de Lorient y no teníamos certezas sobre el casco y su estanqueidad. Alguien menciona al tripulante que tras un bandazo aterrizó en el piso del Sollado 1, donde el mar golpeaba con estruendo cuando la proa caía luego de ser levantada por una ola. Al otro día nos enteramos que hacia el noroeste de nuestra posición, sufriendo la misma tormenta, había desaparecido un buque pesquero español y se estaba montando un operativo de búsqueda y rescate. No obstante la mayoría concuerda en que fue peor la tormenta que nos sacudió en el Pasaje de Drake, volviendo de aguas del Sistema del Tratado Antártico. Sí, porque también allí fuimos con la Fragata. En realidad a la vuelta de Francia, nos tocó llevar al Presidente de la República a Buenos Aires. Pero lo de la Antártida fue increíble. Esas aguas y su entorno son tan hermosos como hostiles. Fue durísimo el cruce del Drake, allí donde se juntan el Pacífico y el Atlántico y los vientos catabáticos y los ventisqueros azotan sin piedad… cuando creíamos que estábamos saliendo de un centro de baja presión, nos tomaba otro… creo que nadie durmió esa noche, pero al otro día cuando amaneció y entramos al Estrecho de Magallanes, navegando calmos entre glaciares que pintaban colores increíbles en su caída al mar, todos olvidamos el temporal y nos sentimos maravillados ante el regalo de la naturaleza a nuestros ojos.

Una vez más pienso ¡Qué fantástica la profesión que elegí! ¡Qué felicidad haber podido disfrutar intensamente esas vivencias! Leí de un escritor sueco, August Strindberg, una verdad simple: “no importa que tan lejos viajemos, los recuerdos nos acompañarán siempre en el equipaje”. La grata charla es interrumpida por mi otro hijo, Gabriel, que nos viene a buscar para juntarnos todos en la popa. Allá voy con él y atrás viene el resto.

Estamos todos juntos en la popa, siento el toque de atención de un pito marinero y veo caras serias, pero yo estoy feliz, muy feliz y entonces me remonto impulsado por el viento y subo, subo, doy vueltas, voy hacia el sol que parece saludarme, salto entre nubes que me hacen guiñadas y se deshacen, miro hacia abajo y el buque parece achicarse en su hábitat inmenso y azul. Dios, qué hermoso está el mar, una ráfaga me impulsa hacia abajo, surfeo en una ola, vuelvo a subir y a girar, sigo girando, monto una gaviota que volando con sus pares se escapa poniendo música en el aire, bajo, subo. El mar es más bello aún desde lo alto, siento una serena paz interior, sigo subiendo y bajando con los caprichos de un viento suave del Sureste que parece querer llevarme hacia el Cerro, allá donde mi fiel y querida compañera Lilí debe estar pensando en mí, floto en el aire y feliz me dejo llevar…

En la popa del Barreminas, Adriana llorando aprieta contra su pecho la urna vacía. Los cuatro hermanos con el niño en el medio se abrazan en un racimo humano buscando consuelo. Han cumplido la última voluntad de su padre esparciendo sus cenizas desde una cubierta gris en el mar, ese mar que tanto supo transitar. El pequeño Javier no termina de entender como su abuelo, aquel hombre fortachón de vozarrón gruesa que tantas veces lo había hecho saltar por los aires y le contaba historias de aventuras en el mar, se ha convertido en esas cenizas que ve volar. También llora. Alrededor de ellos en respetuoso silencio, los amigos y camaradas que han acompañado su última navegación, veteranos de pelo blanco y manos callosas que supieron compartir en tiempos pasados sus andanzas marineras, fruncen los ceños visiblemente tocados. Viejos lobos curtidos, algunos se resisten a mostrar sus emociones y se frotan disimuladamente los ojos mirando hacia sotavento, como si quisieran sacarse algo que les molesta la vista; otros no se preocupan en ocultar las lágrimas por la ida del amigo.

Parado a una distancia prudencial del grupo, el Marinero novato que había tenido problemas con la cornamusa le pregunta al Cabo:

– ¿Quién era esa persona, quienes son esa gente?

– Un hombre de mar muchacho – le contesta el Cabo – un hombre que empezó como Ud. de Marinero, navegó en buques de la Segunda Guerra Mundial, hizo toda su carrera embarcado y terminó siendo un gran Contramaestre, respetado y apreciado por todo el mundo. Luego, cuando siendo Suboficial de Cargo le llegó el retiro por edad, trabajó durante varios años más en el Dique de la Armada y siguió remando y aportando. Fue de esas personas que dejan huella. Y esa gente que Ud. ve ahí, son todos retirados, la mayoría Suboficiales pero hay de casi todas las jerarquías desde Marineros hasta un Almirante y estoy seguro que a todos ellos, el hombre les debe haber dejado enseñanzas marineras.

A unas 15 millas de la posición del buque donde se desarrollaba ese diálogo, en el viejo Dique del Cerro unos operarios que trabajan sobre la carena de un pesquero, detienen sus tareas al observar algo curioso. Unas pequeñas motas de polvo o ceniza bajan en remolinos, como divertidas, hasta posarse en forma lenta y quedar quietas, muy quietas, en un rincón de la platea; allí donde un banco artesanal de madera y piedra se recuesta sobre una pared que lleva escrito el nombre “Plaza Tomás Viera”.

 

Nota: Extraído de la Revista Naval. (“Cuentos de mar y río” Vol. 5)

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