La herencia de los soldados de José Gervasio Artigas

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El Museo Blandengues de Artigas tiene seis salas que recrean parte de la historia de la Revolución Oriental, con el prócer y sus soldados como centro. La historia dice así: era 1797 y José Gervasio Artigas tenía 33 años cuando ingresó como soldado al cuerpo de Blandengues de Montevideo, una milicia que tenía como fin proteger las fronteras del virreinato del Río de la Plata y que había sido creada un año antes. Tuvo su primera sede en el cuartel Dragones de Maldonado y, desde 1858, tiene la misión de ser escolta del presidente de la República. Y eso es, más o menos, lo que se ve en la primera sala de museo que funciona en el Regimiento Blandengues de Artigas de Caballería N° 1: la historia de los soldados que pelearon con Artigas, la forma en la que, aún hoy, siguen honrando su figura. “El prócer de la patria, el Gral. José G. Artigas, fue un soldado blandengue, desarrolló su carrera militar en este Regimiento y llegó a ser su jefe luego del triunfo en la Batalla de Las Piedras”, dice Leticia Etcheverry, cabo encargada del museo. El edificio del Regimiento, ubicado sobre la Avenida General Flores, es Monumento Histórico Nacional.

El museo funciona allí desde el año 2000 y tiene seis salas: todas están vinculadas a José Gervasio Artigas y a la historia hacia la independencia del Uruguay. “Había mucho para contar, para compartir, somos custodios de los valores artiguistas y fue todo un desafío abrir nuestras puertas para recibir a personas desde todas partes”. Una de las salas se llama Batalla de Las Piedras y es un lugar oscuro. En una pared, detrás de una vitrina, hay una bandera con los colores de José Gervasio Artigas y distintas armas -sables, lanzas-. En las otras paredes hay imágenes y cuadros. En el centro, una maqueta enorme con cientos de soldados de juguete desplegados por todo el espacio. De fondo la voz de un hombre relata lo que sucedió desde el Grito de Asencio, en febrero de 1811, hasta la Batalla de Las Piedras, el 18 de mayo, que enfrenó al ejército Oriental comandado por Artigas con los españoles. El relato dice así: “El 18 amanece sereno, desde el campamento oriental algunas partidas son despachadas para controlar el movimiento de los españoles que avanzaban hacia los orientales”. La historia resuena en todo el espacio y, de a poco, con luces verdes que representan a los orientales y luces rojas que representan a los españoles, la maqueta con los soldados se ilumina siguiendo la narración: las luces rojas retroceden y se repliegan, se esconden detrás de las piedras, pero las verdes avanzan y, de pronto, los españoles están rodeados por el ejército oriental y ya no tienen salida. Entonces la voz del hombre repite las palabras de Artigas: “Clemencia para los vencidos, curad a los heridos”. Y la sala se ilumina: esa victoria marca el final de la dominación española en la campaña oriental.

Por esa victoria, también, Artigas fue ascendido a coronel y la Junta de Buenos Aires le obsequió un sable que hoy está en el Salón de Honor del Museo: debajo de una vitrina de vidrio y rodeado por las distintas banderas de las provincias que integraban la Liga Federal (o Unión de Pueblos Libres). Cuando Artigas se fue a Paraguay, le dejó el sable a su hermano, Manuel Francisco. En 1982 fue donado al regimiento por una mujer con descendencia directa de Manuel Francisco.

En esa misma sala estuvieron los restos del prócer entre 1972 y 1977, antes de que se construyera el mausoleo y fueran trasladados. Hay, también, un espacio dedicado a la recreación del Éxodo del pueblo Oriental. Se muestra, allí, una reproducción del campamento en el arroyo Ayuí. Y, aunque el documento original está en el Archivo General de la Nación, en el museo se puede ver una copia del “Padrón de las Familias Orientales”, que se realizó una vez establecidas en las costas del arroyo y que es considerado el primer censo del país: 6.000 integrantes del ejército, 4.435 civiles y 846 carruajes. “El objetivo del museo es transmitir más allá de estos muros, la historia de la patria que se gestó a través del sueño de un Blandengue, el Gral. José G. Artigas. La patria, la libertad, el ideal de justicia, ese que traemos internalizado, fue soñado y luchado para que hoy todos lo disfrutemos. Intentamos día a día recrearlos, vivirlos y desde ese lugar divulgarlo, sobre todo a las nuevas generaciones”, dice Etcheverry. El recorrido por el museo -que en mayo visitaron 1.200 estudiantes- se completa con un espacio que recrea el despacho de Artigas, una sala con uniformes de cuerpos de blandengues de todo América del Sur y una pulpería. También se puede conocer a los perros cimarrones que se crían en el regimiento y a los caballos moros, que eran los preferidos de Artigas. Allí, en la pared de una caballeriza, están escritas las últimas palabras que dicen que dijo el general antes de su muerte: “Mi caballo. ¿Dónde está mi caballo?”.  https://www.elpais.com.uy/

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