LA BARCA “PUIG”

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En 1875 quince uruguayos fueron deportados a la isla de Cuba por el gobierno del momento, embarcados en una pequeña barca llamada Puig. La travesía duró cuatro meses y estuvo rodeada de múltiples peripecias. El 15 de enero de 1875 el presidente Dr. José Ellauri es depuesto de su cargo por fuerzas militares nombrándose Gobernador Provisorio al ciudadano Dionisio Pedro Várela quién elige ministros a Isaac de Tezanos (Gobierno), Coronel Lorenzo Latorre (Guerra y Marina) y José C. Bustamante (Hacienda y Relaciones). De inmediato el nuevo régimen electo sin la venia de las Cámaras, tropieza con la prensa opositora, que desde sus columnas políticas alzaban permanentes protestas frente a los hechos sucedidos. Pero el gobierno, decidido a acallar la oposición, dispuso desterrar a los opositores. La inconstitucional deportación dispuesta recayó en los siguientes ciudadanos: José Pedro Ramírez; Juan José de Herrera Pérez; Julio Herrera y Obes; Aureliano Rodríguez Larreta; Juan Ramón Gómez; Osvaldo Rodríguez; Carlos Gurméndez; Cándido Robido: Fortunato Flores; Agustín de Vedia; Octavio Ramírez; Eduardo Flores; Segundo Flores; Ricardo Flores y Anselmo Dupont, quienes fueron detenidos y embarcados en la barca Puig, arrendada para trasportar los deportados al puerto de Habana, en la isla de Cuba. Con una improvisada tripulación, la prisión flotante zarpó de Montevideo todos bajo el mando del Coronel Ernesto Courtin apoyado por un contingente de 39 militares. El buque iba a cargo de su dueño, el capitán español Juan Puig y Moré, acompañado de un médico, Dr. José Campana, un Practicante, José de la Rocha, y un pilotín, Pedro Riva Zucchelli. En la madrugada del día 28 de febrero la Puig levantó anclas y zarpó de Montevideo remolcado por el vapor nacional “Fe” rumbo hacia Maldonado, a donde llegan el 1 de marzo para efectuar algunas reparaciones. De allí zarpó definitivamente el 4 de marzo, con destino a Cuba.

Antes de la partida, el Dr. Campana había puesto en conocimiento al Gobierno que el agua y la carne no estaban en buenas condiciones; la higiene y las comodidades de alojamiento tampoco eran adecuadas para hacer esa larga travesía cruzando diversas latitudes, creando un ambiente propicio para desarrollar enfermedades. Y la tropa que tenía a su custodia a los deportados vivía aún en peores condiciones, en un sollado mal ventilado improvisado en el fondo de la bodega. La necesidad de aprovisionarse de agua y víveres frescos obligaron al Coronel Courtin a hacer escala en Parahiba, puerto ubicado en el norte del Brasil, anclando en el puerto Cabedelho en donde se surte de aprovisionamiento. En este momento es muy digno de destacar el gesto del médico, Dr. José Campana, quién viajó a Pernanbuco y mantuvo una entrevista con José Vasconcelo, redactor del diario “Jornal de Recife”, órgano del partido liberal, y a través de éste llega a la corte imperial, la cual intercede directamente ante el Gobierno de Montevideo a efectos de que se revoque la deportación. El gobierno imperial consiguió la revocación pero cuando la noticia arriba a Cabedelho la barca Puig ya había zarpado. Con viento y tiempo favorable los días iban pasando sin poder determinar las singladuras del barco; a fines del mes de abril el tiempo se torna tempestuoso con lluvias abundantes y una fuerte turbonada quiebra el bauprés cundiendo la alarma. El 15 de mayo aparece la isla de Santo Domingo, la mayor de las Antillas luego de la isla de Cuba. Finalmente luego de 94 días de navegación, el día 30 de mayo la barca Puig fondeó en la bahía de La Habana, recibiendo la ballenera de la Comandancia de Marina para controlar la documentación pertinente. Más tarde aparece el Cónsul Oriental en Habana, Sr. Juan Veiga, quién luego de tomar conocimiento de las condiciones en que se hallaba el buque hizo las gestiones pertinentes para obtener agua fresca y alimentos.

El día 31 de mayo el Coronel Courtin concurrió a la Comandancia de Marina y a su retorno comunicó a los deportados que de acuerdo a las instrucciones recibidas estaban en libertad, pero no podrán desembarcar en Cuba, debiendo re-embarcar en algún otro bajel que se los llevara de la isla. Frente a ello, los deportados solicitaron tomar algún vapor que los llevase a los Estados Unidos, de donde regresarían al Río de la Plata. No habiéndose obtenido ningún tipo de tolerancia por parte de las autoridades cubanas, y tras frustrados intentos de embarcar en los vapores estadounidenses “Juniata” y Clyde, y el español “Isabel la Católica”, la Puig zarpó de La Habana con todos los deportados a bordo. La barca se encontró nuevamente en el Océano sin rumbo fijo. El capitán Puig propuso ir a las islas Canarias (su destino final era Barcelona) donde habría posibilidades de hallar trasbordo para los deportados, pero el Coronel Courtin convino con los desterrados en ir directamente hacia algún puerto de los Estados Unidos. Se resolvió ir al puerto de Charleston.

Para evitar complicaciones con las autoridades, se decidió ingresar a aguas estadounidenses con la Puig reconvertida en nave mercante, y para ello se retiró de la vista todo tipo de armamento y se arrió el gallardete de guerra. Para cumplir con la Patente de Salud que habilitaba 36 pasajeros fuera de la tripulación, y se resolvió esconder en el fondo de la bodega a 18 soldados. Así, la Puig se dirigió lentamente ayudado por la leve brisa hacia Charleston pero aparece en la noche del 16 de junio un formidable huracán que estuvo a punto de hacer naufragar la barca. El 18 de julio de 1875 la Puig fondeó frente a la entrada a Charleston. Al día siguiente el práctico condujo la barca al interior de la rada, para la inspección de la Sanidad Marítima quién ordenó treinta días de cuarentena. Otro nuevo tormento para los deportados, pero con la benevolencia de los médicos lograron pisar tierra luego de haber recorrido 3.000 millas marinas en aquella prisión flotante. Al pisar el muelle del puerto de Charleston recién los desterrados volvieron a ser hombres libres, y de inmediato se agenciaron pasajes para viajar a Buenos Aires, desde donde apreciarían la situación de Uruguay antes de volver a cruzar el Río de la Plata. Otro tanto hizo el Coronel Ernesto Courtín, pero sin preocuparse mucho de sus subordinados. Entretanto, el Capitán Juan Puig y Moré se apropió de una parte de los dineros destinados a pagar el regreso de la tropa embarcada, como pago de los alimentos consumidos por los uruguayos en el tramo adicional Habana – Charleston. Lo restante no alcanzó para cubrir todos los regresos, y algunos de los soldados, mayormente analfabetos, quedaron abandonados a su suerte en un país de lengua desconocida y clima muy riguroso, muriendo allí en condiciones de indigencia sin que nadie se preocupara de ellos.  C/N (R) Francisco VALIÑAS

 

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