“¿Dejo o no dejo el buque?”: el capitán que pensó hundirse con el Belgrano y el suboficial que lo salvó (Parte II)

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El hundimiento

Barrionuevo: “Eran las 16.38 y el barco estaba muy escorado. La gente desde las balsas nos gritaba que saltáramos al agua, que el crucero se hundía. Fuimos hasta la proa. Y ahí noté la duda del capitán. ‘Si usted no salta yo también me quedo’, le dije. Me miró. El Belgrano se inclinaba cada vez más. Me ordenó: ‘Salte y yo lo sigo’”.

Bonzo: “En esa duda estaba cuando apareció una figura fantasmagórica. Creí que la imaginaba, que era productor de mi estrés. Pero era el oficial Barrionuevo. Me dijo que si no saltaba él tampoco lo haría. Le ordené que abandonara el barco. Y se negó. Entonces le pedí: ‘Ayúdeme a ver si hay alguien más, si quedó algún herido’. La cubierta del barco casi rozaba el mar, entraban toneladas de agua… Fui el último hombre que abandonó el Belgrano “.

Barrionuevo: “Antes de tirarnos, le inflé el chaleco salvavidas. Nos atamos las sábanas como cinturón para poder deslizarnos. Nos sacamos los zapatos para nadar mejor, y guardamos las medias en los pantalones. Me tiré por la parte más alta del barco, que en ese momento estaba a unos 4 metros del mar, porque el viento impedía bajar por el lado donde la cubierta casi rozaba con el mar. Salté al agua y no sentí frío, era una situación tan grande la que estábamos viviendo que había bloqueado mis sentimientos. Empecé a nadar para alejarme del crucero, porque si se hundía me iba a arrastrar. A Bonzo no lo vi más, lo perdí en el océano”.

Bonzo: “Barrionuevo aceptó tirarse. Hizo la señal de la cruz, se paró en la quilla del buque y desde ahí se lanzó al mar. Segundos después, yo también hice la señal de la cruz y me deje deslizar por la misma soga hasta el agua. Tres balsas estaban esperando a esas dos figuras humanas que no sabían quiénes eran, pero eran dos tripulantes, con el peligro de que el buque se diera vuelta y las chupara. Nadé 50 metros y me subí a esas balsas. Estaba exhausto. Me quedé tirado en el piso. A las cinco de la tarde escucho una voz que me dice: ‘Señor, el buque se está hundiendo’. Saqué mi cabeza y me asomé. Vi al crucero desaparecer en el océano”.

Barrionuevo: “Las olas eran gigantescas. Veía a las balsas subir y bajar, sacudidas como cáscaras de nueces. De pronto, una vino hacia mí a toda velocidad empujada por el viento. Nadé y me agarré como pude. El golpe me sacó un dedo de lugar: fue la primera vez que sentí dolor. Cuando pude subir a la balsa, empecé a temblar de frío. Era como si mil agujas se clavaran en mi cuerpo. Me estaba congelando”.

Bonzo: “Las balsas eran para 20 personas. Primero se habían atado unas con otras para formar en el mar una gran mancha de color y que los aviones de rescate pudieran encontrarlas. Las olas enormes y el mar encrespado hizo que tuviéramos que cortarlas, para evitar que las balsas se rajaran. Estaban equipadas con sachets de agua, raciones de comida, cigarrillos, una pequeña Biblia, elementos de botiquín para curaciones. El comportamiento de los hombres, el “espíritu de buque”, hizo que muchos se salvaran y es lo que llevo grabado en mi memoria”.

Barrionuevo: “Me asomé y al ARA se lo estaba tragando el mar. Era tristísimo ver cómo semejante mole desaparecía. El buque hizo un movimiento, volvió a surgir del agua y se hundió definitivamente en forma vertical. En el fondo del mar explotaron las calderas y se hizo un gigantesco torbellino de agua. Lo último que vi fue el guardabote, el palo de 6 metros que salió a la superficie y quedó flotando en el océano. La gente gritó: ‘¡Viva el crucero, viva el Belgrano, viva la Patria!’. No sé de dónde sacamos las fuerzas”.

Los días a la deriva y el rescate

Barrionuevo: “Estuvimos más de 48 horas a la deriva. Yo pensé que no nos iban a encontrar nunca. Sabía que la unión de los dos océanos tira hacia el sureste y que en algún momento si el mar nos arrastraba íbamos a morir. Miré a mis compañeros y pensé: ‘Somos todos finados’, pero no se lo dije a nadie. Recordé a mis cuatro hijos pequeños. Le pedí a Dios que los cuidara. Y me encomendé a la Virgen del Valle: ‘Madre mía, solo te pido no sufrir’. Cuando estás en la balsa no dormís… La oscuridad del mar es la más absoluta y tremenda que existe, es la nada. Cuando amanecía seguíamos con la incertidumbre: ‘Somos una sola balsa en el mar… no la puede ver nadie… y el enemigo anda por ahí’ “.

Bonzo: “Mi balsa fue la última que se rescató. Cuando subí al Gurruchaga no sentía las piernas, eran como de algodón. Antes de ir al médico para que me revisara o me diera una inyección para hacerme dormir -en la balsa nos manteníamos en vigilia- quise ver a mis tripulantes. Entonces bajé. Estaban en el suelo, en las mesas, en los bancos, desparramados por todas partes. Cuando me vieron, muchos se incorporaron, empezaron a gritar “Viva el Belgrano”.

Barrionuevo: “Cuando ya no esperábamos nada, el 4 de mayo escuchamos el ruido del motor de un avión. ¡Era un A4-Q de la Armada! No sabíamos si nos había visto… Pasó un rato -que fue eterno- hasta que empezamos a ver, en medio de la tormenta, las luces de un barco que apuntaban al cielo y luego al mar, sacudidas por el tremendo oleaje. ‘¡Nos están buscando!’, gritamos. Y el ánimo cambió. Nos olvidamos del frío, de la sed, del hambre y empezamos a organizarnos para el rescate. Y apareció el Gurruchaga. Nos subieron a bordo. El barco estaba repleto. Nos sacaron la ropa helada y dura por la sal y nos dieron un caldo caliente. Éramos tantos que se habían quedado sin víveres. El cocinero hizo un poco de pan con harina y agua. Nos acomodamos en el piso como pudimos, y nos envolvimos con unas mantas”. Bonzo: “Empecé a saludar a mis hombres, a preguntar… En ese momento se acercó una persona y me dijo: ‘Está viniendo para aquí el suboficial Barrionuevo’. No podía creerlo, porque cuando él saltó al mar lo había perdido de vista. No supe durante todos esos días a la deriva si Ramón había sobrevivido. Y ahora iba a verlo. ¡Estaba vivo! Nos dimos un abrazo eterno. Y todos los hombres comenzaron a aplaudir”.

Barrionuevo: “Cuando entramos al Canal de Beagle, el Gurruchaga parecía una coctelera. En medio de la gente, apareció un cabo que gritaba mi nombre: ‘Barrionuevo, ¿está aquí Barrionuevo?’. Yo me incorporé. Eran las 6 am. ‘El capitán Bonzo está en el barco y lo busca, quiere hablar con usted’, me dijo. Yo no sabía que él había sobrevivido, y él tampoco sabía si yo estaba vivo… pero me estaba buscando. De pronto se abrió una puerta y apareció el capitán. Se acercó hasta donde yo estaba de pie, firme, esperándolo. Se olvidó de las jerarquías, de la venia, del saludo formal. Nos dimos un abrazo. ‘Ya vamos a hablar de esto que pasó’, me dijo. Y lloramos. Antes de irse, me dijo al oído: ‘Gracias. Gracias'”.  https://www.infobae.com/

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