“Con las pupilas vueltas hacia el sol de la inmortalidad” (Parte I)

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Por C/A (R) Hugo Viglietti

Riachuelo, Departamento de Colonia, mayo de 2018

Los alrededores de Riachuelo me sorprenden. Confluyen allí la modernidad de lujosas casas, con granjas y casonas antiguas que parecen ancladas en el pasado. Llego al embarcadero atravesando un predio pleno de césped muy bien cuidado. Una vieja boya y un galpón más viejo aún, ponen el toque de bohemia marinera con una curiosa colección de restos de salvavidas que lucen nombres de embarcaciones seguramente perdidas en el tiempo.

Estamos en pleno otoño y es un día gris. La naturaleza parece empeñarse en mostrar contrastes de colores, eucaliptos y sauces con verdes que van palideciendo y cipreses calvos que ponen hermosos toques de ocre, pero inevitablemente mayo es gris. Camino hasta la Playa Matamora. Me siento en un promontorio y miro la larga lengua de arena acariciada lánguidamente por el agua del Río de la Plata. Un pescador y su perro son la única presencia viva en kilómetros. Ambos están quietos, todo está muy quieto. No hay viento, no hay olas, ni siquiera hay corriente río abajo. Es difícil en medio de esta serenidad imaginar el drama que más de tres décadas atrás se vivió en esta zona, pero intento concentrarme en lo que he leído y me han contado en estos días.

Ciudad de Colonia, mayo de 1987

   Lilián y Luis aprovecharon el feriado del 1º de mayo y partieron desde su casa en Nueva Palmira para visitar familiares en Colonia. Allí se habían conocido 10 años antes y luego de cuatro años de novios se casaron en la Iglesia de Maturana en Montevideo. La profesión de Luis le llevó a vivir en diferentes lugares, Montevideo al principio, Buenos Aires durante un año y medio, Colonia y finalmente Nueva Palmira.

   Su manera de ser le fue granjeando amigos en ambas márgenes del Plata. Rubicundo, jovial, enérgico, iba por la vida con un talante feliz, regalando amistad y llevando a cuestas una sonrisa divertida. Lilián le acompañó siempre, desde el momento en que la conquistara a bordo de una vieja Ford A color negro con un bagre amarillo pintado en la puerta, a cuyo paso Colonia sonreía.

   Luis tenía también otras características muy marcadas, era un profesional con una formidable vocación de servicio y un valor rayano en lo temerario. Ese día soplaba en Colonia un Pampero muy fuerte y desde temprano Luis había estado colaborando voluntariamente con varios salvatajes. Por la tarde, enterado de una nueva situación de emergencia, ahora por parte de un velero con tripulantes argentinos, Luis se despidió de Lilián para volver a colaborar con otro rescate. No tenía por qué hacerlo, no estaba de servicio, no era su lugar de trabajo, ni siquiera era su ciudad, estaba allí visitando familiares… pero algo en él vibraba cuando aparecía un temporal… y era muy consciente que cuando una tormenta azota Colonia, suele haber incidentes en el río, con alto riesgo de derivar en tragedias.

Su esposa se había ido acostumbrando a la fuerza a convivir con los nervios de esa profesión. Más tarde, antes de salir para Montevideo donde estaba preparando un examen, Lilián tuvo una sensación extraña. Intuyó que algo no iba bien por lo cual hizo lo que nunca antes: llamó por teléfono para saber de Luis. La respuesta que recibió fue alentadora pues en ese momento estaban guarecidos en el Río San Juan, por lo cual más tranquila, se trasladó a Montevideo.

   Mientras tanto la situación con ese rescate en particular se complicaba. Los pedidos de auxilio de los tripulantes del Velero “Delirio” con matrícula de Buenos Aires, se reiteraban y se tornaban desesperados. Luis llegó corriendo al Puerto cuando el Prefecto de Colonia zarpaba en la noble ROU71 y sin pensarlo dos veces saltó a bordo cuando la lancha ya se separaba del muelle. La tormenta arreciaba, el viento alcanzaba ráfagas arriba de los 100 Km. y la corriente río abajo superaba los cuatro nudos. El velero argentino había encallado en el bajo Las Pipas y la fuerte correntada lo empujaba cada vez más contra las rocas de la restinga. Si llegaban a golpear contra ellas la embarcación seguramente sería destruida y la sobrevida de los tripulantes sería de minutos. El Prefecto, comandando en forma local el operativo de búsqueda y rescate, dispuso que zarpara también la embarcación de ADES surta en el Puerto de Colonia para actuar en pareja, una inteligente medida tendiente a favorecer el rescate y también a preservar la seguridad de los rescatistas.

   ADES, la Asociación Honoraria de Salvamento, una organización de gente increíble donde un carpintero o un ingeniero dejan su trabajo o su hogar para zarpar en condiciones normalmente adversas, si son requeridos para colaborar honorariamente en el rescate de gente en el mar. De hecho, uno de los tripulantes de ADES esa noche, era un joven médico que 20 años después sería Intendente de Colonia, Walter Zimmer. La gente de ADES y los marinos profesionales tenemos muchas cosas en común, la pasión por el mar, el espíritu solidario, el gusto por la aventura y muchas cosas más. Pero lo que para nosotros es nuestra profesión y nuestro deber, para ellos es un voluntariado honorario. Están un “poco locos” les decimos a veces bromeando, pero con una inmensa cuota de respeto y admiración. Nocturnidad, horas extras, feriados… consideraciones todas inexistentes en el particular mundo de la gente de mar. El origen de ADES en Uruguay data de más de medio siglo atrás y se remonta al mismo momento de incorporación de las tres lanchas PS de Prefectura. Fue la respuesta que encontró el Estado a la tragedia ocurrida el 7 de agosto de 1954, cuando el Pesquero “Isla de Flores” encallara en el Banco Inglés en pleno temporal. Allí había concurrido la Armada con lo que tenía a su alcance, balleneras y lanchas portadas en Destructores de la Segunda Guerra Mundial. El desenlace de aquel suceso había sido trágico. Entre pescadores y rescatistas de la Armada trece personas perdieron la vida.

   Retomando nuestra historia, la embarcación ROU71 se veía imposibilitada de acercarse al velero encallado por el bajo fondo del lugar. El Prefecto entonces dispuso entrar en Riachuelo para reabastecer el motor del bote neumático y que se transportara por tierra en su tráiler para salir desde Playa Matamora, ligeramente al socaire de la tormenta y operar junto con ADES. Surgieron inmediatamente dos voluntarios para salir en el gomón, uno de ellos justamente Luis. El Prefecto los conocía bien, dos marinos valientes y arrojados. En el resguardo de Aduana revisó su equipamiento, abrigos, salvavidas, les dio una radio portátil y un foco adicional. Luis también conocía y apreciaba al otro tripulante, Lorenzo López, pues durante su estadía en Colonia habían trabajado juntos. Lorenzo era Patrón de lancha, hombre resuelto y muy bueno en lo suyo, aunque no era un ducho nadador.

Ya la noche se había abatido sobre Colonia, agregando más riesgos e incertidumbres a la maniobra. Los bancos parciales de niebla, la lluvia, el viento y los caminos no señalizados, conformaban un escenario complicado e hicieron difícil arribar por tierra al lugar ideal. Finalmente cuando tiraron la embarcación neumática al río, Lorenzo conocedor de su limitación, lo primero que hizo fue atarse por la cintura a un cabo del bote. Luis por su lado, todo temperamento y fuerza, empujó el gomón aguas adentro y se zambulló de un salto en su interior. Las condiciones eran muy duras, en primera instancia una ola dio vuelta el bote y terminó con ambos en el agua. Con pericia y grandes esfuerzos dieron vuelta rápidamente el gomón, Luis ayudó a Lorenzo a embarcar y luego él hizo lo propio. El temporal estaba en pleno auge. Ante las fuertes dificultades que encontraban podrían haber desistido y esperar que mejoraran las condiciones, nadie se los habría recriminado, pero no fue así. Arrancaron el motor y osados y determinados ambos, pusieron proa a la tormenta. ¡Cuánto coraje en esa determinación de desafiar una naturaleza desmadrada, de arriesgar sus vidas por gente a quien ni conocían!¡Qué profundo su sentido del deber!

Por su lado, la lancha de ADES tuvo un inconveniente en máquinas y debió retornar a puerto. Luis y Lorenzo lograron sortear la rompiente, pero no obstante la tormenta era muy dura y poco después otro golpe del agua o algo que bajaba con la fuerte corriente, los llevó a ambos al agua nuevamente. En esta oportunidad ya el frío y el enorme esfuerzo físico habían hecho su desgaste. Lorenzo asido de su cabo derivaba junto al bote. Luis nadaba con toda su fuerza pero la fuerza de la correntada lo superaba y lo alejaba del gomón. Sujeto al bote, Lorenzo con toda su energía le tiró un cabo que rebotó en el dorso de la mano de Luis, sin que éste aterido por el frío pudiera tomarlo. Tercamente aferrado al cabo y con él a la vida, Lorenzo se sintió desesperado e impotente al escucharlos gritos de Luis perderse en la negrura del temporal que lo engullía definitivamente. Como pudo volvió a embarcar en el gomón, allí exhausto, con un motor que ya no arrancaría más y sin remos, se dio cuenta que ahora había dos náufragos más en medio de la tormenta. Pensó en su familia, sus hijos adolescentes y en Luis, solo podía esperar y rezar.

Avanzada la madrugada los vientos comenzaron a amainar y los tripulantes del velero argentino pudieron ser rescatados. Cruel ironía del destino, el drama se había desplazado ahora a dos rescatistas desaparecidos. Al amanecer del día siguiente, con la misma brusquedad y fiereza con que había surgido, el Pampero dejó de soplar. Se montó un nuevo operativo de búsqueda y rescate con medios de la Prefectura de Colonia y de ADES navegando y también con tripulantes en tierra. Uno de ellos era Lucio López, de la dotación de PRECO que había participado por tanto en numerosos rescates anteriormente. En esta oportunidad tenía una motivación adicional, buscaba a su hermano Lorenzo. Las condiciones meteorológicas permitieron que también por aire se efectuara la búsqueda, participando de ella una avioneta local, medios de la Aviación Naval y de la Prefectura Naval Argentina, de tradicional y fraterna relación con nuestra Prefectura.

Nota: Extraído de la Revista Naval.

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