Esas cosas que tiene la gente de mar -Primera Parte-

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He vivido estas escenas ya varias veces y curiosamente me siguen emocionando. La gente agolpada en el muelle nos despide con la alegría de sabernos felices y la tristeza de una ausencia que se prolongará por meses. Extraña dicotomía de sentimientos que en este momento también nos embarga a todos a bordo, pero que seguramente al través de escolleras o quizás cuando por el circuito general llegue la orden de retirada de puestos de honores y armar maniobra de velas, todos olvidaremos para sumergirnos en lo que será nuestra rutina diaria. En el muelle hay gente conmovida, madres, niños, alguna novia, alguna esposa joven. La mayoría, gente ya experiente tan solo sonríe y agita sus brazos, alguna pancarta, alguna bandera. Si uno lo piensa estas partidas por un tiempo largo son naturales, propias de la gente de mar en todo el mundo; pescadores que salen por mareas o que navegan hasta aguas antárticas, mercantes que recorrerán numerosos países antes de volver a Uruguay. No obstante, estas zarpadas, que se producen una vez al año, son distintas. En tierra familiares y autoridades nos despiden con los acordes de la Banda de Parada de la Armada. En la dársena los buques grises hacen sonar sus bocinas roncas y a bordo, tenemos una heterogénea tripulación que incluye a los jóvenes Guardiamarinas que harán su soñado crucero, junto a invitados civiles – este año viene un muchacho de la UDELAR y otro de UTU, invitados de Argentina, Brasil y Paraguay – junto a viejos lobos, así nos dicen, que ya llevamos varios viajes en los hombros. Dejamos la dársena fluvial navegando a motor, despidiendo al remolcador que nos separó del muelle y ya saliendo del canal aunque hay poco viento izamos las velas que pasearemos por el mundo, junto a la enorme bandera de Uruguay que flamea en la popa. El primer puerto es el vecino Buenos Aires y hacia allí pone proa el Velero Escuela “Capitán Miranda” con 84 almas y muchos sueños a bordo.

Los días han pasado rápido. El famoso Golfo de Santa Catalina, que tanto nos ha hamacado otras veces, nos vio pasar en un fantástico y tranquilo atardecer pleno de dorados en el cielo. Casi una navegación de placer si no fuera por la rutina de trabajo que no para, no se detiene. Al fin y al cabo, de eso trata el viaje, de navegar, de practicar vela, marinería, cálculos de estrellas y meridianas para los novatos y por supuesto, disfrutar del mar. Hay momentos lúdicos que no pueden faltar, como el cruce del Ecuador que tuvimos ayer. Los rostros jóvenes de los Guardiamarinas, los invitados y algunos tripulantes, alternaban sonrisas resignadas y muecas de asco, durante la ceremonia de bautizo que presidía el infaltable Rey Neptuno y varios esforzados ayudantes, que con tapaojos, gorras piratas inventadas y toda su parafernalia disfrutaban su tarea. Recordando la vez que me tocó a mí, me esmeré en colaborar con el gran tanque de desperdicios de todo tipo a cuyo frente todos pasaban. Son tradiciones marineras que no pueden faltar en ninguna embarcación que pase de un hemisferio a otro con marinos que cruzan por primera vez el Ecuador.

Desafortunadamente lo que tampoco puede faltar en el mar son las tormentas. Ahora estamos cruzando el Océano Atlántico rumbo a las Islas Canarias y tenemos una fuerte borrasca de proa que no nos deja avanzar. Latitud 4º Norte y el viento nos lleva escorados, aunque por supuesto estemos sin velas. La velocidad de avance es lenta, aburridísimamente lenta, tres nudos, dos nudos. El mar está fiero, olas altas y el viento que no para. En lo personal llevo bien el mar duro. El primer año, las primeras veces sentí algún malestar, pero inmediatamente me adapté. Dicen que es cuestión de costumbre, que a la larga todos los organismos se adaptan. O no… pues tengo algunos compañeros que llevan años a bordo y siguen sufriendo las tormentas. Igualmente son los menos y por supuesto, mareados o no, todos cumplen su tarea. Yo embarqué en el ya lejano 1987 cuando el Comandante era el Capitán de Navío Ariel Chiossi, hombre alto, buen marino y sobretodo muy humano, porque nos permitió el embarco a varios que no teníamos mucha experiencia en el mar y la verdad es que el “Miranda” cambió mi vida. Tanto los Oficiales como por supuesto los Guardiamarinas y los invitados, viajan por un año, salvo alguna excepción que sigue un año más. La ventaja del Personal Subalterno, es que si cumplimos bien, si ponemos voluntad en lo nuestro y no cometemos errores, podemos seguir embarcados. Quienes damos continuidad y conocemos hasta el último rincón del buque, sus ruidos, sus vibraciones, somos los tripulantes. Yo embarqué joven, como Marinero y siempre he intentado hacer las cosas bien, por lo cual me he ido ganado el respeto y el aprecio de compañeros y superiores y lo que es más importante… he podido permanecer a bordo. Creo que hay solo un tripulante que tiene más años embarcado que yo. Es el Cabo Fernando Moreira, maquinista, “Oil King”, que dice llevar 14 años a bordo. Yo pensaba alcanzarlo y pasarlo, pero el hombre sigue y sigue, viaje tras viaje. Sigo pensando en ganarle, pero hoy ya dudo un poco, porque este año debo reconocer que siento un poco en los huesos el mal tiempo. Llevo más de 10 años embarcado y disfruto navegar, como el primer día. Ahora soy Cabo y si bien cuando ascendí, muchos me hablaron sobre la responsabilidad de la jerarquía, para mi es lo mismo. Respetar los espacios de cada uno, cumplir, convivir con el mar, conocer nuevos puertos, contemplar amaneceres increíbles. En este viaje casi todas las noches espero que Paulo termine su tarea como telegrafista y nos quedamos con él, con Marcelo, con Ruben, en charlas que se alargan bajo dibujos de noches pobladas de estrellas. Con amigos todo es más grato y esto es una de las cosas más hermosas del Velero Escuela: la camaradería y la amistad que se forja, trascendiendo incluso las jerarquías. Paulo, que es suboficial, me ha invitado varias veces a la Camareta de Suboficiales, pero yo aprendí a respetar los espacios. Además tengo firme el recuerdo cuando un Suboficial me encontró sentado allí y me tiró con todos los códigos… cada uno en su alojamiento me dijo antes de echarme con mala cara. Así que prefiero la cubierta de botes, protegido del viento por la toldilla. Incluso disfruto las tormentas como hoy, porque además de sobrar comida, acostarte es como dormir en una hamaca paraguaya que alguien mueve para hacerte sentir cómodo y relajado. Aunque esta tormenta que nos viene acompañando, ya ha llevado a dos camaradas de sus literas al suelo. Ya aflojará.

Han pasado varios días y estamos llegando a Las Palmas de Gran Canarias. Recalada obligada para quienes cruzan el Océano, Las Palmas tiene también otros atractivos. Es un paraíso para los turistas, se habla nuestra propia lengua, es gente amiga y tenemos un Cónsul Honorario formidable. Tiene varios apellidos, Díaz Casanovas López de Hoyos y varios más, pero todos lo conocen como el “Kuki”. El hombre atiende los requerimientos profesionales del Velero, pero va mucho más allá. Se lleva a los Oficiales a comer una paella cocinada por él, a una chacra que tiene en una montaña cerca y a nosotros nos paga autobuses que nos llevan a los lugares más hermosos de la isla, las playas del Sur, Maspalomas y sus interminables dunas, la Playa del Inglés, la de Mogan rodeada de rocas y una naturaleza pródiga en flores, son lugares espectaculares que todos disfrutamos. Buena gente este hombre y por antítesis me hace acordar al único problema grave que tuve a bordo en estos años… fue justamente con un Cónsul… aunque no fue mi intención, casi armo un lío diplomático… me sancionaron, me rezongaron y temí que me desembarcaran al final del viaje, pero afortunadamente varios colegas y superiores hablaron a mi favor y sobreviví a bordo. España es mucho España, como les gusta decir a ellos. No en balde, además de ser Cádiz la cuna, el lugar donde fue construido y luego refaccionado nuestro velero, el 10% de los puertos que el “Miranda” ha tocado en sus numerosas singladuras, son españoles. En otro viaje escuché en el Puerto de Mallorca, una conversación donde el Agregado Naval Uruguayo le preguntaba a nuestro Comandante sobre el Guardiamarina español que viajaba como invitado, si se había adaptado e integrado. El Comandante sonriendo le contestó que esperara unos minutos y cuando apareció la murga del buque, le señaló a uno de los tamborileros y le dijo “ese es el español, mirá como le costó integrarse”. El “gallego” era uno más e iba a las risas, dale que te dale al tambor. Hay puertos especiales y Mallorca es uno de ellos. Allí la comunidad uruguaya es muy grande y las dos veces que estuve, fue impresionante como venían los compatriotas a bordo. A tomar mate, a compartir bizcochos, parecía que se turnaban, se iban unos, venían otros, volvían, traían ellos comidas especiales de la isla para compartir y por cierto suspiraban cuando comían nuestro dulce de leche. Yo soy muy sociable y disfruté mucho con ellos. El día que zarpamos fue increíble. En todos lados nos reciben y nos despiden con simpatía, es la magia que acompaña a los veleros escuela. Pero en Mallorca en esa oportunidad fue algo distinto, el síndrome del isleño quizás. La voz se había corrido en la comunidad uruguaya y creo que estaban todos en el muelle. Más de 200 personas que en tres días habían hecho nuevos amigos y convivido en ese pedazo del suelo patrio que extrañaban. Vimos ojos húmedos cuando nos despedimos. Habían ido con banderas nacionales y cuando el buque empezó a separarse, el Comandante dio una orden que aún hoy al recordarlo me eriza. Por el circuito general y a todo volumen comenzó a sonar la canción “Mi País” de Ruben Rada, con su letra tan característica. La emoción se apropió de todos, en tierra y a bordo. Uno de los muchachos que estaba en el muelle agitando con sus dos manos en alto una bandera nuestra, se arrodilló y se llevó ambas manos a la cara, enjugando su llanto con la bandera. Son esos sentimientos que creo, solo el emigrante puede entender en su plenitud.

Ahora que lo pienso, esa es otra de las características notables del “Miranda”, lo disfrutan desde el ciudadano de a pie, hasta la misma realeza. Porque siguiendo con los recuerdos de españoles, en una visita a Uruguay de los Reyes de España, nuestro Presidente el Dr. Julio María Sanguinetti, sabedor de la pasión de ambos por la navegación a vela, los invitó a una corta travesía a bordo del “Miranda”, por los alrededores de Punta del Este. El embarco fue el propio de las máximas autoridades, todos uniformados y firmes, las voces de “Viva la Patria”, los honores de pito, todo lo que marca el Ceremonial Naval. Y algo que me hizo sacar pecho después… cuando los Reyes pasaron cerca de mí, el Rey Juan Carlos siguió de largo, pero la Reina Sofía como que se detuvo un instante y me dedicó una sonrisa. Por supuesto mis compañeros después se divirtieron a costa mía, casualidad decían unos, porque soy muy morocho decían otros… yo sonreía convencido de mi encanto personal. Lo cierto es que por nuestro buque han pasado y seguirán pasando desde emigrantes uruguayos y simples ciudadanos del mundo, hasta autoridades y diplomáticos de diversas nacionalidades. También gente de negocios o del arte, pues han sabido organizarse a bordo, eventos diversos para empresas o artistas uruguayos. Cuando en Montevideo se realizó una Cumbre Presidencial del llamado “Grupo de los 8”, tuvimos nada menos que la visita de 8 Presidentes en nuestra cubierta. Todos por cierto admiran las maderas lustradas de cubiertas y mamparos, los bronces que siempre relucen y los detalles marineros que todos nos esmeramos en cuidar y hacen atractivo al velero escuela. En estos años me ha tocado estar en lugares increíbles que jamás imaginé conocer. También siento el orgullo de haber sido parte de tripulaciones que marcaron presencia de nuestro pabellón en eventos importantes y diversos en el mundo, como en 1988 en el Centenario de la Estatua de la Libertad, navegando por el Río Hudson en Estados Unidos o la Regata de los 500 años de Colón, conmemorando el descubrimiento de América, donde obtuvimos el tercer puesto en 1992. La navegación continuó y atravesando el Cantábrico y el Mar del Norte, aguas difíciles por el tráfico marítimo, las frecuentes nieblas y los también frecuentes temporales, hemos llegado a Rouen, en la alta Normandía, Francia, Acá estamos viviendo algo impresionante. Es un evento llamado “Las Armadas del Siglo”, donde los franceses reúnen a más de 30 grandes veleros de todas las nacionalidades y muchos con historias míticas. La ciudad revitalizó 8 kilómetros de muelles con eventos artísticos, tiendas de ventas, música casi permanente en un festejo al que vienen desde toda Francia. Confieso que nunca he visto tanta gente desfilar por los muelles. He visto en muchos puertos, en diferentes países que se formen colas de gente para embarcar y conocer nuestro buque, pero nada como esto. En los muelles hay una verdadera marea humana. El tiempo parece haberse acoplado a las celebraciones y los días transcurren hermosos con un sol brillando alto y agregando colorido al despliegue de gente caminando en tierra. Son miles y miles. Cuando finalizó el evento los organizadores estimaron que 10 millones de personas caminaron esos muelles y allí también Uruguay se hizo presente mostrando nuestro gran Pabellón ondeando siempre a popa. Del norte de Europa, nos fuimos para el Mediterráneo. Aguas distintas, más calmas, más cálidas, aunque siempre atentos al temido Levante, que al igual que nuestro Pampero, a veces se levanta de improviso. Visitamos puertos hermosos y ahora estamos llegando a Grecia. Hace mucho calor y mis huesos vuelven a quejarse, será que estoy viejo. Debe ser algo de eso, porque en este viaje estoy más melancólico que de costumbre. Me acuerdo los calores de los puertos brasileros y llega a mi memoria, Río de Janeiro, mi puerto preferido y que será justamente la escala final de este viaje. Tres veces estuve allí y nunca podré olvidar la aventura que viví la primera vez. Dieron los francos y huimos despavoridos para conocer las famosas playas que tanto habíamos oído hablar, Copacabana, Ipanema. Para quienes no tenemos compromisos sentimentales y a bordo somos todos hombres en la tripulación, Río y sus bellezas naturales… seamos francos… bellezas de la naturaleza y bellezas femeninas… se convierten en un paraíso soñado. Salimos en un grupo grande que prontamente se dividió en dos, los que podían y querían gastar su dinero subiendo al teleférico del Morro del Pan de Azúcar y los más austeros, que nos quedamos caminando por las playas bajo los morros. Fue una decisión muy sabia, porque allí el destino me haría una guiñada inolvidable. Íbamos caminando por Praia Vermelha, bajo el morro da Urca. El día era espectacular, arena fina, calor pero sin agobiar y el azul del mar compitiendo en hermosura con el azul del cielo. De repente vimos un grupito de jóvenes brasileros cantando en torno a un par de guitarras y una especie de tambor.  …

El autor agradece al Museo Naval y a las personas nombradas en el texto, por sus comentarios, anécdotas y recuerdos que permitieron dar forma al presente relato.

C/A (R) Hugo Viglietti

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