Oleada de desechos por culpa del coronavirus: llegan hasta 1.600 tapabocas a la costa uruguaya por día

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Estudio calcula que  desde marzo hasta el presente, unos 300 mil tapabocas se han acumulado en cuerpos de agua de Uruguay; al año, la cifra puede llegar a 22 millones. Cada invierno, el viento pampero no solo trae frío, sino que empuja los residuos generados, en particular por las poblaciones de Buenos Aires y Montevideo, hasta todos los rincones de la costa uruguaya. Así llegan toneladas de vegetales y plásticos, dos tipos de desechos comunes que reposan sobre la arena mientras esperan su final que, dependiendo de su composición, puede ser dentro de cientos de años. En promedio, se recolectan nueve toneladas cada 10 kilómetros de playa cada semana. Y el 75% de lo recolectado es plástico. Pero este año se dio una novedad: entre las botellas, los pañales y las algas (lamentablemente) de siempre aparecieron “nuevas basuras marinas” y no son otras que los elementos de protección contra el nuevo coronavirus. Ian Ruiz, representante de ONU Ambiente para el programa Mares Limpios, detalló a El País que durante las últimas ocho semanas se han estado detectando tapabocas y guantes descartables y envases de desinfectantes en playas de Canelones y Maldonado. La organización, junto al Programa Uruguayo de Reservas de Surf y municipios de la costa, estimaron que encontraron entre dos y tres mascarillas por cada kilómetro de playa recorrido. Esto se traduce en el arribo de entre 670 y 1.600 unidades a los “cauces de agua, orillas de lagunas y lagos próximos a centros poblados y en los 670 kilómetros de costa del Río de la Plata y océano Atlántico” al día. Pronto publicarán un informe completo sobre la situación. “Es posible que la acumulación de plásticos en la zona costera, según estos nuevos cálculos, sea mucho más importante de lo que se creía hasta ahora. Y, por lo tanto, el impacto de estos residuos en el medio marino y en diversas de las especies sensibles es proporcionalmente mayor”, dijo Ruiz en un correo electrónico a El País. La proyección es que, desde marzo –mes en el que se decretó la emergencia sanitaria por COVID-19– hasta el presente, unos 300.000 barbijos descartables ya se han acumulado en cuerpos de agua en Uruguay. Y se puede pensar que unos 22 millones podrían terminar en el mar al cabo de un año. Teniendo en cuenta que el peso de cada mascarilla es de aproximadamente cuatro gramos, lo anterior equivaldría a 880 toneladas adicionales a las 5.600 toneladas de residuos plásticos que llegan anualmente al ecosistema costero-marino del país. “En 2021 podemos producir más de 6.500 toneladas de basura marina. Estaríamos aportando casi el 0,10% de toda la basura marina que arroja el mundo a los océanos todos los años”, señaló Ruiz. Esto es parte del cálculo: si la mitad de la población uruguaya usara una mascarilla quirúrgica –una N95 está confeccionada con polipropileno (PP) y tereftalato de polietileno (PET) y las de un solo uso con materiales no tejidos como el Spunbond, además de PP, PET y polietileno (PE)– todos los días, se utilizarían alrededor de cinco millones de unidades por mes. Si tan solo el 1% no se eliminara adecuadamente durante un año, eso generaría aproximadamente 182 millones de tapabocas contaminados que, en gran parte, terminarán en la naturaleza. A nivel internacional se ha observado un incremento en la producción y consumo de material plástico, sobre todo de usar y tirar. Este aumento se da tanto en el ámbito hospitalario como en el doméstico. A causa de la pandemia, la generación de residuos hospitalarios se ha incrementado en todo el mundo. A los tapabocas y guantes descartables se suman batas, lentes, viseras y pantallas protectoras faciales; además de equipos como respiradores y ventiladores, jeringas, tubos y bolsas de sangre. Ninguno de estos desechos puede ser reciclado y su destino es, entonces, el vertedero o la incineración. El informe del que participó Ruiz advierte que los desechos sanitarios (hospitalarios e individuales) aumentaron los residuos generados, alcanzando las 20 toneladas por día adicionales a lo producido antes de la pandemia. Lo mismo sucedió con los residuos domésticos. Un factor que influyó fue que algunas intendencias cerraron las plantas de reciclaje para reducir el posible contagio del virus y proteger a sus trabajadores. MSP sugiere que tapabocas convencionales y quirúrgicos se reserven para el personal médico y que la población asintomática use los hechos con tela. 

Un peligro para las especies marinas.

Un problema de la acumulación de la considerada “nueva basura marina” en los océanos es la sobrevivencia de especies que pueden enredarse en los desechos o confundirlos con comida. Pingüinos de Magallanes, tortugas verdes y delfines franciscana son algunas de las especies más vulnerables. Hace unos días se halló un pingüino de este tipo muerto en Brasil por haber ingerido una mascarila N95, es decir, las de uso médico. Esta ave es de la misma especie que suele usar las costas uruguayas como sitio de descanso en su ruta migratoria, explicó Ian Ruiz, representante de la ONU Medio Ambiente para el programa Mares Limpios. Estos pingüinos permanecen en el agua durante la temporada no reproductiva entre abril y septiembre y, durante este tiempo, van en busca de comida por lo que recorren distancias más largas.

Efectos negativos.

La acumulación de estos elementos en los océanos agrava varias situaciones. Una es la presencia de los microplásticos. El material, por ejemplo, de los tapabocas con la tela similar a la TNT, se va a degradar por el sol y a convertirse en partículas minúsculas que pueden ser ingeridas por el humano a través del agua o de alimentos. También inducen al bloqueo del sistema de alcantarillado y afectan la filtración del agua y la aireación normal de los suelos agrícolas. Los plásticos esparcidos en ambientes acuáticos como lagos, arroyos y cañadas, pueden proporcionar un caldo de cultivo para vectores de enfermedades zoonóticas, como el dengue o el Zika. Hasta la llegada de la COVID-19, el 2021 iba a ser un año crucial en la lucha contra el empleo abusivo del plástico, sobre todo para el de un solo uso. La Unión Europea, por ejemplo, tenía previsto prohibirlo. La ironía es que, hasta antes de la pandemia, se había conseguido instalar una concientización sobre el uso del plástico. Sin embargo, la necesidad de contener la propagación del virus lo ha hecho resurgir como un material indispensable.

Efectos positivos de la pandemia en ambiente.

El documento COVID-19 y ecosistema costero-marino: Una primera perspectiva de la pandemia y sus efectos en la costa uruguaya, elaborado por ONU Medio Ambiente y programa de Mares Limpios, Programa Uruguayo de Reservas de Surf y minicipios de la costa que se dará a conocer en las próximas semanas, no solo habla de los impactos negativos del virus sino también que analiza aspectos positivos. Entre ellos figuran: reducción del ruido por contaminación por disminución de la actividad marítima y aérea, reducción en el consumo de energía y las emisiones de gases de efecto invernadero, disminución mundial del comercio de vida silvestre, aumento de la calidad de las aguas superficiales por reducción de sólidos en suspensión y posible aumento de stocks de peces por disminución de actividad pesquera en áreas de desove. No obstante, si bien los cetáceos, pinnípedos y aves marinas pudieron haber obtenido un descanso del ruido y haber tenido más facilidad para encontrar comida y navegar debido a la reducción del ruido, el aumento en los desechos plásticos de un solo uso no han hecho disminuir las amenazas que se enfrenta la fauna marina. https://www.elpais.com.uy

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