¿Qué mujeres han representado a Uruguay en los Juegos Olímpicos?

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En un año olímpico, Dolores Moreira, Inés Remersaro, Alfonsina Maldonado, Claudia Acerenza y Déborah Gyurcsek cuentan sus experiencias y hablan sobre la inequidad de género en el deporte. Porque es así. Por costumbre. Porque siempre ha sido una disciplina de varones para varones. Porque no hay oportunidades. Porque falta representación. Porque nadie se lo había cuestionado. Porque sí. Porque al frente de las instituciones deportivas hay más hombres. Porque en los espacios de poder faltan mujeres. Porque es así. Porque siempre ha sido así. Uruguay participó en unos Juegos Olímpicos por primera vez en 1924. La delegación estaba integrada solo por deportistas varones. Lo mismo pasó en los Juegos de 1928, en los de 1932, en los de 1936 y así hasta 1952. Ese año Estrella Puente, lanzadora de jabalina, fue la primera mujer uruguaya en representar al país en la competencia. Llegó a la final y terminó en el décimo lugar del torneo.  Después la historia no cambió demasiado: las mujeres que llegan a los Juegos Olímpicos (o Paralímpicos) siempre han sido minoría en la delegación uruguaya.

Sin embargo, las que lo han logrado han defendido su lugar con fuerza, con pasión, con respeto, con firmeza, con tesón. Algunas dicen que quizás la poca representación tenga que ver con que en el deporte los hombres (casi) siempre han ido por delante. Otras dicen que no tienen una respuesta. Algunas de ellas han tenido más reconocimiento, otras quizás han pasado desapercibidas. Algunas dicen que nunca sintieron discriminación por ser mujeres en el ámbito del deporte. Otras dicen que sí. Algunas siguen entrenando y soñando en grande. Otras abandonaron en el camino. Otras soñaron y lo lograron y con ellas las representaron a todas las demás. A todas nosotras.

Este año, si todo sigue como está, se celebrarán los Juegos Olímpicos en Tokio, previstos para el 2020 y postergados por la pandemia de coronavirus.

En esta nota,  Dolores Moreira, Inés Remersaro, Alfonsina Maldonado, Claudia Acerenza y Déborah Gyurcsek cuentan su experiencia en la competencia con más historia en la historia del deporte mundial.

Fue después de Ucrania y antes de Uzbekistán. La ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Río llevaba más de tres horas cuando una voz con acento extranjero dijo Uruguay, pronunciando la u como un iu y arrastrando la erre. Entonces apareció Dolores Moreira, Lola, llevando la bandera uruguaya, al frente de una delegación de más de 15 deportistas vestidos todos con pantalón y sombrero blanco y una chaqueta celeste. Dolores tenía 17 años y el pelo largo y liso le caía todo sobre un hombro. Caminó sonriendo siempre e hizo flamear la bandera bien en lo alto, mirándola desde abajo como si estuviese escoltando o cuidando a una reina.

“La apertura de los Juegos Olímpicos fue un momento que marcó mi carrera deportiva. En la náutica no es común tener público y entrar al Maracaná siendo abanderada, con la historia que tiene Uruguay en este estadio, fue algo que nunca voy a olvidar. Aunque hayan sido pocos segundos, en ese tiempo 80 mil personas presentes y más por la televisión supieron de nosotros y de este pequeño país que tiene mucho para dar”, dice Dolores (22), velerista que compite en laser radial y hoy es la campeona mundial juvenil de esa disciplina.

Este año, Dolores va por sus segundos juegos olímpicos. Ya clasificada para Tokio 2021, dice que si bien viene trabajando con su equipo para llegar en las mejores condiciones físicas, médicas y emocionales, la pandemia ha hecho que no pueda llegar a los Juegos fogueada en competencias internacionales porque todas fueron suspendidas.

Hoy Dolores es una deportista referente para las nuevas generaciones. Muchas niñas y niños se han animado a la vela después de verla competir. Sin embargo, cuando ella empezó no tenía a mujeres referentes. “Somos muy pocas las veleristas uruguayas, pero año tras año el número va creciendo”.

Ella, que nació en Paysandú, practicó varios deportes y terminó por elegir la vela, recuerda con detalles el momento en el que decidió que quería ser profesional y llegar a unos Juegos Olímpicos: “Alejandro Foglia, que es uno de mis ídolos y referente en mi deporte, en 2012 fue a Paysandú a darnos una charla sobre su carrera deportiva, los Juegos y sus experiencias. En ese momento dije ‘él llegó a los Juegos Olímpicos haciendo el deporte que amo, yo también quiero poder lograrlo’. Ahí fue que hice el clic y gracias al trabajo que hicimos durante estos años pudimos cumplirlo”.

A lo largo de la historia, no han sido muchas las que lo han logrado.

Para Dolores, la desigualdad de género está muy presente en el deporte. “Se está trabajando en ello y ojalá que los pasos que se den sean firmes. El porcentaje de deportistas federadas en Uruguay es muy bajo, pero en estos últimos cinco años ha subido notoriamente duplicando el porcentaje de mujeres federadas. Son cifras alentadoras para incentivar a las nuevas generaciones”.

Lo recuerda así: las complejidades fueron muchas. El estrés también. Hasta el mismo día en el que tenía que tomar un avión para llegar a Río de Janeiro y cumplir el sueño que había tenido desde que era niña, Alfonsina Maldonado (36), amazona, estuvo solucionando temas burocráticos y pagando facturas para que Davinci, el caballo conseguido 10 meses antes para competir en los Juegos Paralímpicos de Río 2016, pudiera viajar.

Lo recuerda así: el día previo a tener que competir Alfonsina montó bien. Le preguntó a su entrenador cómo estaba Davinci y él le dijo que el caballo no sabía que estaba en unos Juegos Olímpicos. Al día siguiente fue desde la villa olímpica a la pista, que estaba a unos 45 minutos, aproximadamente. Un rato antes de salir a competir, entró al box donde estaban todos los animales y, en el que estaba al lado al de Davinci, se puso, por primera vez, el traje que le habían hecho para esos juegos: unas botas azules intensas, un pantalón blanco, una camisa alicrada con un bordado en el pecho y un cuello que simulaba un pañuelo y una chaqueta igual de azul que las botas que en el pecho tenía sus iniciales y en el brazo izquierdo tenía la bandera uruguaya.

Vestida de atleta olímpica, con el cuerpo transpirado por los nervios, Alfonsina se subió al caballo. Cuando su entrenador le sacaba la radio por la cual se comunicaban, porque entendió que ella estaba tan nerviosa que no lo iba a escuchar, Alfonsina le pidió que llamara una ambulancia, que le latía fuerte el corazón.

Lo recuerda así: cuando se dio cuenta, Davinci estaba entrando a la pista al galope. Iban a participar juntos de la prueba de adiestramiento ecuestre de unos juegos paralímpicos, contra los mejores del mundo. Y entonces, como si todo el esfuerzo, el sacrificio, el dolor, el sufrimiento, las ganas y los sueños cobraran sentido adentro de su cuerpo, empezó a llorar. Y así hasta el final de la prueba. Cuando terminó, aunque las cosas no habían salido como lo planeaba, todos en el público estaban de pie aplaudiéndola: Alfonsina Maldonado, uruguaya, acababa de cumplir un sueño que había empezado cuando ella una niña.

Nació en Florida y cuando tenía seis meses perdió su mano izquierda tras un accidente doméstico. Estuvo 32 días en coma y hasta los cinco años internada en aislamiento en la Unidad de Quemados del Hospital Militar. Su abuelo, que tenía gran afinidad por los caballos, le hablaba de los animales cada vez que iba a visitarla. Entonces, cuando el médico iba a curarla, Alfonsina le decía que ella quería ser atleta y que algún día llegaría a los Juegos Olímpicos. Tenía que inventarse un sueño, una meta, un objetivo. Tener algo por lo que pelear, era la única manera de soportar la realidad.

En 1988 los Juegos Olímpicos se realizaron en Seúl, Corea del Sur. Y Uruguay tenía una delegación de 15 deportistas. Entre ellos, la única mujer era Claudia Acerenza (55), velocista que venía de lograr dos récords nacionales en la prueba de los 100 y 200 metros en el Iberoamericano de México de ese mismo año.

Claudia dice que fue la única deportista que viajó a esos Juegos Olímpicos sin su entrenador. Que hubo un problema y no quedaron cupos para él. Que la única mujer de toda la delegación, además de ella, era una doctora. Que fue ella quien muchas veces la acompañó a la pista olímpica a entrenar. Dice, también, que las pruebas de 100 y 200 metros son muy difíciles porque tienen mucha competencia, que corrió contra las deportistas que tenían los récords mundiales, que su objetivo era repetir las marcas (11.54 en los 100 metros, 23.78 en los 200) y que lo logró. Dice, Claudia, que todavía tiene esos récords, pero que lo que más recuerda de esa experiencia fue haber llevado la antorcha olímpica.

Cada delegación tenía que elegir a un deportista que lo hiciera y la eligieron a ella. Se vistió de blanco: una remera con el símbolo de los juegos, una vincha que le sostenía el pelo corto, short, championes y medias. Cuando la antorcha estaba llegando a Seúl, los deportistas de los distintos países se la pasaron de mano en mano como si fuese una posta. Claudia corrió 500 metros con la antorcha encendida en su mano derecha, escoltada por autos y motos y más deportistas.

Empezó a correr siendo niña, en el colegio al que iba en Sarandí Grande junto a su hermana gemela, Soledad. Después, en el liceo, las dos participaban de todos los campeonatos regionales y nacionales que se hacían en el país. Se mudaron a Montevideo en 1984 para estudiar medicina y Claudia se unió al club Defensor Sporting. Entonces, cuenta, era todo amateur y lo que más la ayudaba para seguir entrenando era el apoyo de su familia. Y, si bien ella siempre había tomado al deporte con seriedad y rigurosidad, la primera vez que participó de un campeonato a nivel internacional, empezó a sentir que quizás llegar a unos Juegos Olímpicos podía ser su próxima meta. Y que trabajaría, como fuera, para hacerla realidad.

Claudia dejó de entrenar para competir en 1996. Tenía 32 años. Dice que en 1988, cuando logró ser olímpica, no se cuestionó por qué era una sola mujer entre tantos deportistas hombres.

Inés Remersaro (28), nadadora, aún no está clasificada para los Juegos Olímpicos de Tokio 2021. Dice que tiene que ir a competir internacionalmente para poder llegar. La pandemia afectó el ritmo de entrenamiento que venía teniendo en Estados Unidos. De regreso en Uruguay, estuvo afuera del agua durante mucho tiempo y recién ahora está pudiendo entrenar de manera adecuada. En unas semanas competirá en un Sudamericano y evaluará cómo está para poder alcanzar la marca que la lleve a sus terceros Juegos Olímpicos.

Los primeros fueron los de 2012. El recuerdo que tiene de esa experiencia es, por un lado el de un sueño. Por otro, el de no lograr los resultados que fue a buscar. La segunda vez fueron los Juegos de Río. La experiencia, dice, fue difernete: “Lo supe disfrutar más, con menos nervios. Y a nivel deportivo el resultado fue muy bueno, entonces la experiencia fue muy especial”.

Hija de una profesora de natación, practicó durante toda la vida, mientras hacía otros deportes. A los 14 decidió tomar a la natación con más rigurosidad y a los 19 se fue a Estados Unidos a entrenar y a estudiar.

Cree que la natación es un deporte bastante igualitario. “Se compite en las mismas pruebas tanto en hombres como en mujeres y por lo general la participación a nivel de números suele ser bastante pareja”, dice. Reconoce, sin embargo, que la representación femenina en los Juegos Olímpicos ha sido siempre inferior (siempre han sido menos de la mitad).

“En el caso de la natación se da una tendencia de que a nivel internacional el hombre es más competitivo y perdura más en las competencias, pero hay una tendencia global a un cambio en ese aspecto. En Uruguay también están apareciendo deportistas mujeres muy buenas que ojalá puedan cambiar esa tendencia y esa mentalidad. Las mujeres también podemos llegar a lograr grandes cosas si nos las proponemos y tenemos el apoyo. En los entrenadores también pasa que hay un porcentaje muy alto de hombres respecto a mujeres y ni hablar de cargos directivos de federaciones a nivel nacional e internacional”.

Una cosa fue llevando a la otra. Primero fue una familia con madre y padre vinculados al deporte. Después fue el atletismo en el liceo: las pruebas de 100 y 200 metros, las postas, el salto largo. Después fue empezar a competir federada. Después, la pista de atletismo, el aburrimiento del entrenamiento para correr, unos chicos que estaban saltando con garrochas justo cuando Déborah Gyurcsek y una compañera estaban en la pista, los vieron y quisieron probar.

Una cosa fue llevando a la otra. Empezó a saltar y un día quiso inscribirse para competir. En Uruguay no había mujeres que practicaran esa disciplina. Hubo dirigentes del atletismo que le dijeron que no lo hiciera, que no compitiera, que se fuera a saltar al circo, que eso no era para ella. Pero Déborah insistió y saltó. Sin embargo, ella nunca se había planteado ser atleta profesional. “Yo soy muy rutinaria y muy estructurada, iba todos los días a entrenar, pero no puedo explicar por qué. Supongo que porque me gustaba, pero no era mi plan de futuro. Solo iba a entrenar. Y bueno, las cosas se fueron dando”.

En las primeras competencias eran tres o cuatro chicas y competían entre ellas. “Fuimos aprendiendo todo el reglamento mientras saltábamos. Y la pasábamos muy bien. En ese momento nos entrenaba Rodolfo Díaz. Ahora no sé nada de su vida. Después de unos años cada una fue tomando sus rumbos”.

Compitió internacionalmente por primera vez en el Campeonato Sudamericano de Mar del Plata, en 1997. Era abril. Hizo la marca mínima requerida para clasificar y fue sin esperar nada, solo para vivir la experiencia. Era un sudamericano absoluto y Déborah todavía era juvenil. Entre las competidoras, era la más chica. Ganó el campeonato, hizo el récord nacional (de 4.23 metros, que aún mantiene) y el récord sudamericano absoluto y juvenil. Ahí fue cuando empezó todo.

“Para mí el deporte es una pasión. Necesito practicarlo. Si no hubiera ganado el Sudamericano, hubiese seguido saltando con garrocha igual, porque no era algo que yo me esperara. Y con ese triunfo vino la clasificación al sudamericano juvenil de ese año y también para el panamericanos juvenil que fue en La Habana y así las cosas se fueron dando. Pero no fue algo que yo alguna vez planifiqué”.

Lo único que planificó, en todos esos años, fue poder clasificar a los Juegos Olímpicos de Sídney.

Después de un año de muchas competencias internacionales y un tobillo esguinzado, después de tres años de competir y saltar y competir y volver a saltar, lo logró. Ahora, cuando ya dejó de entrenar, dice que no puede explicar lo que se siente estar en unos Juegos Olímpicos. Que no hay nada, dice Déborah, que se parezca a la experiencia de estar ahí: con y entre los y las mejores deportistas del mundo.

Lograr llegar hasta allí, para ellas es también una forma de pelear por la igualdad.

Otras mujeres olímpicas

Ana Norbis regresa del exterior con un trofeo, una escena repetida. En los Juegos de México 68 batió dos veces el récord olímpico de los 100 me pecho. Foto: Archivo El País. Algunas son conocidas y otras, en la actualidad, pasan desapercibidas. Aunque no sean muchas en comparación con los varones, hay varios nombres de mujeres uruguayas que han representado al país en las más altas competencias deportivas internacionales, incluidos los Juegos Olímpicos. La primera fue la lanzadora de jabalina Estrella Puente en 1952, que quedó en el décimo lugar de la competencia. En los Juegos de 1968, la nadadora Ana María Norbis (foto) fue la abanderada de Uruguay y también la deportista uruguaya más destacada de la competencia. Es que, en esa instancia, Norbis marcó un récord olímpico en la prueba 100 metros pecho y se transformó en una de las mejores nadadoras uruguayas de toda la historia. Otras deportistas que se han destacado con clasificaciones a los Juegos Olímpicos han sido Mónica Falcioni, en salto largo; Josefa Vicent, velocista; Serrana Fernández, nadadora; Andrea Foglia, regatista; Déborah Rodríguez, corredora. Además, hay atletas como María Pía Fernández que, si bien aún no han participado de Juegos Olímpicos, sí han destacado en otros torneos internacionales. https://www.elpais.com.uy/

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