Ahora soy más seria en el agua

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Cuando la regatista Dolores Lola Moreira volvió de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en 2016, traía una idea en la cabeza: tatuarse los cinco anillos olímpicos en su muñeca derecha, porque la experiencia en la ciudad brasileña había sido tan impactante que quería dejarla marcada en su piel. Los días en la Villa Olímpica —de la que no podía salir por ser menor de edad—, el honor de ser la abanderada de la delegación uruguaya, la navegación en las aguas más difíciles que le tocó surcar en toda su carrera —al punto que se topó con una puerta de heladera flotando a metros de su barco—, y haber sido parte de la mayor competencia deportiva del mundo, eran para ella motivos más que suficientes para justificar esa decisión. Sin embargo, en Uruguay se topó con un imprevisto que no podía sortear, aunque ajustara las velas o cambiara la dirección del barco: sus padres. Tenía 17 años y le dijeron que hasta que no fuera mayor de edad no tenía permiso para tatuarse; por lo tanto, tendría que esperar hasta después del 16 de febrero, cuando cumpliría 18 años. Pero antes de ese tiempo surgió un elemento que modificó la decisión paterna: en diciembre de 2016, en Nueva Zelanda, se consagró campeona mundial juvenil en la categoría láser radial. Fue tal la alegría por el  logro alcanzado que la negativa se fue a pique y ella pudo hacerse su ansiado dibujo en color negro. Si bien la carrera de Moreira había comenzado a cobrar fuerza en 2015, el cierre del 2016 la convirtió en una de las deportistas uruguayas más destacadas y se hizo frecuente que fuera noticia por la obtención de alguna medalla en distintas competencias. La última fue en setiembre, cuando conquistó otro galardón importante: fue oro en la Semana Olímpica de Enoshima, la ciudad donde en 2020 se disputarán los Juegos Olímpicos. A su regreso de Japón, y luego de unos días de descanso, Moreira (19 años) conversó con galería en las instalaciones del Yacht Club Uruguayo, lugar al que llegó en 2015, cuando dejó su Paysandú natal para dedicarse de lleno a la vela. Vive con sus dos hermanas —una es cocinera; la otra estudia para ser contadora— en un apartamento del Cordón, y está terminando el liceo a través del programa Uruguay Estudia, que permite a deportistas cursar estudios a través de tutorías para rendir después los exámenes. En el futuro se imagina como psicóloga deportiva o profesora de educación física.

Cuando no entrena va al cine o a la rambla a tomar mate. Ni antes, ni ahora, fue de salir de noche, y prefiere no decir el nombre de su pareja futbolista. Sus vacaciones son breves, en la casa familiar de La Tuna; en verano aprovecha para practicar en Punta del Este, porque allí se encuentran veleristas argentinas y este año está previsto que lleguen a entrenar competidoras de otras nacionalidades, lo que permite aumentar el nivel de exigencia. Moreira anda en ómnibus porque no tiene auto; a veces se da cuenta de que la reconocen, pero pocos se animan a saludarla, y otros tienen dudas de si es o no, como le ocurrió a la señora que en un supermercado codeó a su marido y le preguntó si la chica que estaba en la cola era “Lola Morales”.

RUMBO A BRASIL

Ahora Moreira tiene un nuevo desafío. Entre el domingo 18 y el sábado 24 participará en la Copa Brasil y la Copa Brasil de la Juventud, que se disputarán en Florianópolis. Como ocurre casi siempre que viaja, irá acompañada por Luis Chiapparo, su entrenador desde 2014. Chiapparo sostuvo que si bien no es una disciplina masiva, la historia de la vela en Uruguay ha tenido puntos altos, tanto a nivel juvenil como de adultos. En los últimos 30 años, dijo, el país conquistó ocho campeonatos mundiales en diferentes categorías. También se destaca el octavo puesto que logró Alejandro Foglia en los Juegos Olímpicos de Londres. “El nivel de los navegantes es muy bueno. Hay una tradición fuerte en náutica, por más que pocos lleguen a lugares destacados”, dijo a galería. Fuente: Revista Galería . Búsqueda

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