El desafío de llevar arroz uruguayo al mundo

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En los últimos años el sector arrocero se ha visto afectado por un incremento de los costos internos y por los cambios a nivel de los mercados internacionales. En un sector donde la producción de arroz engloba un sinfín de familias uruguayas y actividades conexas, Saman apuesta por la mejora contínua y se posiciona en una trayectoria y credibilidad construida en casi ocho décadas.

Sociedad Anónima Molinos Arroceros Nacionales (Saman) fue fundada en el año 1942 en torno a un pequeño molino, cuya producción era limitada. A pesar de ello, fueron vanguardia en nuestro país y luego de casi ocho décadas de trabajo son responsables del 50% de la producción arrocera de Uruguay, mientras que ocupan el primer puesto en el ranking exportador del sector. Con la compañía se desarrollaron productores y sus familias, así como todas las personas involucradas en la cadena de trabajo en todo el proceso, desde el cultivo del grano hasta que el arroz está en un plato. En 2007, Saman pasó a formar parte de la empresa de origen brasilero Camil Alimentos, la que venía estudiando la compañía uruguaya desde un tiempo atrás y conocía el producto de calidad y el potencial empresarial. Es que, en las décadas de los 70 y 80, más del 70% del arroz uruguayo era exportado hacia el país norteño. El hecho de que Saman siempre fuera un tradicional suministrador de arroz de alta calidad a Brasil motivó al país hermano a adquirir la compañía. Influyó también la historia de Saman, su credibilidad reconocida en el mundo, y su trayectoria consolidada. Así lo explicó Leomar Goldoni, gerente general de Saman, en entrevista con La Mañana, quien agregó que el sentido de la compra “fue pensado en originar productos de alta calidad y comercializar en el mercado internacional”. Esta adquisición fue la primera compra internacional por parte de Camil. A raíz de esta experiencia, decidió adentrarse en el mercado latinoamericano y adquirió una empresa en Chile y otra en Perú, desembocando, a la vez, en una expansión en su país de origen. De esta forma, Camil avanza hacia un crecimiento orgánico a través de adquisiciones en el mercado, buscando desarrollar su capacidad de competencia, una mayor presencia en la cadena de suministro y una mejor relación comercial con los mercados. Goldoni hizo referencia al gran desafío que insumió la compra doce años atrás. “Teníamos que entender un modelo de negocio distinto para nosotros, ya que el sistema de fijación de precio en Uruguay, es definido conjuntamente por productores e industria anualmente. En cambio nosotros veníamos de un sistema donde comprábamos y vendíamos todos los días, y teníamos que fijar precio a diario con cada productor” comentó. El modelo integrado es tanto con los productores como con el resto de los molinos arroceros, porque el sector en mucho de los negocios juega como grupo. Por otro lado, se refirió a los cambios que han ocurrido en el sector a lo largo de las casi ocho décadas. Señaló que en las zonas donde hoy se desarrolla el arroz -que otrora eran las tierras más pobres, sin infraestructura ni caminería y que ahora cuentan con sistemas de riego-, las comunidades del interior pueden desarrollar otras actividades y, por lo tanto, otros negocios. “Se desarrollaron comunidades específicas alrededor del sistema arrocero y en el entorno de la zona este de la Laguna Merín, el centro de Cerro Largo y el norte de Salto”, describió.

“El costo de puerto es uno de los que más ha subido y, para seguir compitiendo en el mundo, el país necesita un cambio en el modelo logístico que hoy es un cuello de botella”

En el caso de Saman, en Uruguay, el negocio tiene una concentración de 90% en el mercado internacional y un 10% en el mercado interno. La marca de arroz Uruguay en el mundo estaba construída sobre pilares relacionados a la historia del desarrollo, su sistema, sus productores, el sistema de investigación, y los molinos. “El sector arrocero tiene una capacidad de producción que supera ampliamente el consumo interno, por lo tiene que exportar el 90% de lo que produce anualmente”, dijo. Es que el consumo de arroz en Uruguay es limitado, y por más que este crezca, no dejan de ser tres millones y pico de personas. Pero los mercados también cambiaron. Hasta el inicio del año 2000, la mayoría del arroz uruguayo iba dirigido al país norteño. Sin embargo, Brasil comenzó a desarrollar su propia producción arrocera y Paraguay comenzó a crecer y a dirigir sus productos de forma directa a Río de Janeiro. Nuestro país debió buscar alternativas y Brasil pasó a significar solo el 10%. De hecho, se estima que este año puede estar incluso cercano a un 5%. En el desafío de la diversificación, hoy Uruguay lleva arroz a Perú, América Central, México, Costa Rica, la Comunidad Europea y el Medio Oriente, donde en los últimos cinco años ha crecido de forma sostenida la exportación hacia Irak. En nuestro país, la producción arrocera se mide en hectáreas. En un comienzo, se llegó a sembrar 190 mil hectáreas, pero desde los últimos años se experimenta una baja paliativa en la producción. Además, hay una caída que corresponde a casi el 30%, observó Goldoni. “Las condiciones del mercado internacional así como también macroeconómicas, el costo de producción y la productividad, en el año 2007 permitía que el productor arrocero ganara plata, pero la situación cambió”, expuso. En este sentido, dijo que el negocio se fue deteriorando y los márgenes de utilidad del productor fueron cayendo. “El Uruguay se encareció en este período, mientras que el mercado internacional no está dispuesto a pagar este encarecimiento, por lo que realmente la actividad ha sufrido, especialmente en los últimos cinco años, donde se ha disminuido incluso el área de siembra”, aseveró.

“El Uruguay se encareció en este período, mientras que el mercado internacional no está dispuesto a pagar este encarecimiento, por lo que realmente la actividad ha sufrido”

Más allá de las lluvias y el cambio climático, que también tienen su influencia, el trasfondo de la problemática estriba en la rentabilidad. “El productor arrocero uruguayo tiene una productividad por hectárea que es de las más altas del mundo, y el costo de producir una hectárea ronda los 1700 dólares, es decir, que si el arroz valiera diez dólares por bolsa, el productor empata”, mencionó. De esta forma, se han desmovilizado familias, las cuales anteriormente habían trabajado y forjado canales y campos, y adquirido maquinarias agrícolas. Las plantas cierran y la actividad disminuye en todo el entorno, sobreviviendo, señaló Goldoni, el flete más corto o más barato, o el productor que tiene el campo con mejor aptitud. “No podemos dejar de abordar la falta de perspectiva que en este momento pone de frente el negocio de Saman, el que está construido y desarrollado en una historia muy larga y con una integración muy importante enfocada en los productores”, añadió.“Cada vez que se disminuyen las hectáreas, queda una infraestructura ociosa. Hay potencial de crecimiento, mano de obra formada, sistemas de producción y molino. Uruguay tiene también una vocación comercial y una credibilidad del mercado internacional importante”, mencionó por último Goldoni. Hizo énfasis en que nuestro país “tiene valor”, y se lamentó que en este momento no se pueda llegar a la capacidad instalada en los sistemas industriales. Consultado respecto a las próximas metas de la compañía, el ejecutivo mencionó que en momentos de caída de área no se puede esperar, y que “juegan a la defensa” tratando de preservar la cadena y el sector. “Seguimos creyendo que la potencialidad y el conocimiento que existe en Uruguay tiene que valer y vale, es decir que esta situación que es un tema coyuntural, se puede resolver y puede haber un nuevo impulso al negocio”, auguró. https://www.xn--lamaana-7za.uy/

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