Mensun Bound, el arqueólogo marino que estudió en Montevideo y descubrió el Endurance

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Nacido en las Islas Malvinas, se dedica a la búsqueda de naufragios, como el del barco que llevó a Shackleton a la Antártida en 1914. Plymouth, Inglaterra, 9 de agosto de 1914. El Endurance, capitaneado por el neozelandés Frank Worsley, zarpa del puerto, llevando consigo a los integrantes de la Expedición Imperial Transantártica, la última gran cruzada de la breve “edad heroica” de la exploración de la Antártida. Ernest Shackleton, ya por aquel entonces un veterano en los viajes por el continente blanco, comandó la empresa, con el objetivo de ser la primera expedición en atravesar por tierra la Antártida, por los 2.900 kilómetros que separan el mar de Weddell del polo sur. La tripulación de la “Expedición Endurance”, como fue más conocida posteriormente, nunca logró llegar al polo sur. El barco quedó atrapado en el hielo del mar de Weddell, que acabó haciendo presión sobre el casco y causando el hundimiento de la embarcación. Desde ese momento, el nombre del barco sería sinónimo de la odisea emprendida por la tripulación para poder sobrevivir y salir de ese desierto helado. Mar de Weddell, Antártida, 5 de marzo de 2022. En el buque S.A Agulhas II, la expedición Endurance22, comandada por el arqueólogo náutico Mensun Bound, obtiene las primeras imágenes en más de 100 años de la nave con la que Shackleton buscó conseguir su objetivo, pero que ahora reposa en el lecho marino, impecablemente conservada. “Fue un día interesante. John Shears (geógrafo polar y líder de la expedición) y yo fuimos a caminar por el hielo, para estirar las piernas y cuando volvimos al barco, al cabo de una hora y media, escuché ‘Mensun Bound al puente de mando inmediatamente’. Así que corrimos, sin saber lo que pasaba. Al llegar, el encargado del área submarina de la expedición me dice ‘quiero presentarte al Endurance’ y me muestra la primera fotografía del barco en el lecho del mar. Es decir, no podría ser otra cosa, no hay otros naufragios en el mar de Weddell”, dijo el investigador, entrevistado por Montevideo Portal. Según contó Bound, en ese momento la alegría se esparció por cada una de las 109 personas que integraban la tripulación del barco. “Festejamos. Todos sonriendo y riéndonos. La gente saltaba sobre los otros. Todo el mundo estaba completamente alegre”, comenta y agrega que le sorprendió lo mucho que duró ese espíritu de celebración, al que luego se sumó el torrente de llamadas y mensajes de todo el mundo, interesados por los descubridores del barco perdido. El origen de la expedición se remonta a diez años atrás, cuando en una cafetería en Londres, Bound comentó con un amigo la idea de partir en busca de la nave de Shackleton. Pero antes, a lo largo de este tiempo, debió emprender un viaje previo, el de buscar la forma de llevar a cabo su plan. El primer desafío era el equipamiento, no sólo por tener que conseguir un buque rompehielos que pudiese adentrarse en el helado mar antártico sin sufrir las mismas consecuencias que el Endurance, sino por la necesidad de utilizar ROV (vehículos operados remotamente, por sus siglas en inglés) que pudieran funcionar a gran profundidad. Y aprender cómo usarlos, claro. De hecho, años más tarde, en 2019, ese fue uno de los principales obstáculos que enfrentó el grupo de búsqueda. En el primer viaje de la expedición, en medio de las duras condiciones climáticas que complicaban el trabajo y trancaban el barco en el hielo, uno de los ROV implosionó, debido a la enorme presión submarina. Ese enorme obstáculo fue el que llevó a emprender el viaje una vez más, en 2022. “Esta vez fue mucho más sencillo con el hielo, nunca nos quedamos trancados en el mar. Además, contábamos con un nuevo vehículo submarino, de búsqueda y recuperación. Fue la primera vez que se testeó en estas condiciones, pero funcionó excelentemente”, comentó el investigador.

Bound explicó que para ubicar al Endurance, la única pista que tenía el equipo eran las coordenadas dejadas por Frank Worsley en su bitácora. “Era un navegante brillante. Dejó un grupo de coordenadas, el problema es que el barco se hundió el 21 de noviembre de 1915, pero desde el 18 de noviembre, el clima no era malo, pero había nubes por doquier, asi que no pudo obtener los datos necesarios del sol para ubicarse. Recién pudo hacerlo el mediodía del 22, un día después del hundimiento”, dijo.

“Al final, lo encontramos al sur de las coordinadas de Worsley, a unas 4 millas náuticas (7,4 kilómetros)”, agrega Bound.

Allí estaba, a 3.008 metros de profundidad, sobre el inerte lodo del fondo del mar de Weddell, el Endurance, barco cuyo nombre en español significa “resistencia”.

Bound sostuvo que se trata del barco de madera naufragado mejor conservado del que se tenga registro. “Bien sobre la superficie del lecho marino, ella (la nave) se encuentra mayormente intacta. Ella está en un estado de conservación brillante”, expresó el arqueólogo, que agregó que esto se debe a las condiciones del entorno, no sólo por el inmenso frio de esa zona del mar, sino por la absoluta falta de parásitos consume maderas en el mar de Weddell, a diferencia de lo que sucede en otras partes del mundo. “Está justo como estaba cuando toco fondo. Y lo hizo justo como yo pensaba, ligeramente hacia abajo en la proa. Es simplemente asombroso, ves las fotografías y puedes caminar por las cubiertas. Se podría caminar y seguir los pasos de Shackleton. Es increíble”, manifestó Bound. Sin embargo, para aquellos que ya estén pensando en ver al Endurance en un museo, el investigador advierte que sacar al barco de su actual reposo submarino es imposible “dentro de nuestro tiempo de vida”, dado que podría hacerse si se “arrojase suficiente dinero”, pero eso solo para crear un sistema de recuperación. El gran problema es la conservación, ya que la ciencia en esta materia aún no alcanzado ese nivel, según sostuvo Bound.

“Así que es algo asi como mi regalo para el futuro, para dentro de varias décadas”, reflexionó. El Endurance hoy está protegido como “sitio histórico y monumento” bajo los estatutos del Sistema del Tratado Antártico.

El viaje desde las Islas Malvinas a ser el “Indiana Jones de las Profundidades”, con escala en Montevideo

Lejos de las grandes universidades de Europa y Estados Unidos que luego conquistó, a miles de kilómetros del barco etrusco cuyo descubrimiento lo llevaría a la fama, en un lugar perdido en el fin del mundo nació Mensun Bound, el 4 de febrero de 1953. Oriundo de Puerto Stanley, hijo también de kelpers —apodo para los habitantes de las Islas Malvinas— el arqueólogo tuvo desde siempre un “vínculo especial con el mar”, al haberse criado allí. “Estas en una isla, muy remota, muy aislada. Sabes que estás en el confín del mundo y el mar te rodea completamente. Así que él es parte de ti. Cuando te despiertas en la mañana y no hay mucho alrededor, allí está el puerto, el muelle y todos esos naufragios de veleros del siglo XIX, así que siempre estuve interesado por ellos”, explicó el marino, contando además que en aquel entonces el medio de transporte que utilizaba para moverse por las islas era una pequeña goleta de trabajo.

“Siempre estuvo en mi sangre, el mar”, aseveró.

Bound permaneció en su tierra natal hasta los 11 años, cuando vino a estudiar a Montevideo, ciudad a la que hoy llama “su lugar favorito en el mundo”. La madre de Bound fue parte de una de las generaciones de kelpers adolescentes que vinieron a estudiar en el colegio The British Schools de Montevideo durante la Segunda Guerra Mundial, debido a la falta de un instituto secundario en las Islas. Cuando llegó el turno de Bound, por su cercanía con Uruguay, su madre decidió que siguiera los mismos pasos. De Puerto Stanley, se mudó a Carrasco, a las inmediaciones de la calle Arocena en la calle Sanlúcar y Pedro Blanes Viale, donde lo alojó una familia local. “Fueron años muy pero muy buenos, absolutamente fabulosos, un periodo genial de mi vida”, aseguró. La familia que lo alojaba era dueña de una estancia “inmensa” en Paysandú, donde Bound se enamoró del campo uruguayo, al pasar allí sus vacaciones, salvo en Navidad, cuando iba de vuelta a su ciudad natal a visitar a sus padres. Para cuando Bound se fue de Montevideo, a sus 17 años de edad, otros 14 malvinenses estaban estudiando en el British. “Durante dos años fui el único, pero a los dos años, dado que se dieron cuenta que fue un éxito el venir a Montevideo, empezaron a mandar más estudiantes desde las Islas”, comentó.

Tras sus seis años en Montevideo, Bound se embarcó rumbo a al Atlántico Sur en un barco donde trabajó en su juventud, hasta que lo robaron en Punta Arenas, Chile. Desde allí, habría de cruzar el continente a dedo hasta su próximo y lejano destino, Nueva Jersey, Estados Unidos, donde estudió historia antigua y arqueología en las univerisdades Fairleigh Dickinson y Rutgers, gracias a una beca obtenida en 1972.

En el año 1981 comienza el trabajo que lo llevaría a la fama en su rubro y que le agregaría el epíteto “marino” a su profesión. Bound lideró un equipo de arqueólogos de la Universidad de Oxford que sacó de su reposo subacuático a uno de los naufragios más antiguos del que se tenga registro, del de un barco etrusco del año 600 antes de Cristo, ubicado en la isla de Giglio, en Italia. “Era muy joven y mi mundo más o menos que me explotó en la cara luego de eso”, dice,  al contar que fue ese hallazgo el que disparó su carrera en la arqueología náutica. Además de ese naufragio, estuvo detrás de expediciones que descubrieron y recuperaron barcos y sus contenidos en Vietnam, Túnez, Grecia, el canal de la Mancha, Mozambique, sus nativas Malvinas y por supuesto, en Uruguay, dado que en aguas del Río de la Plata trabajó en la búsqueda de dos barcos, el HMS Agamemnon y el Admiral Graf Spee, protagonista de la batalla naval más famosa de la historia local.

“La primera vez, la búsqueda del Graf Spee, esa fue mi idea, mi proyecto. La segunda fue idea de Héctor Bado. Yo había trabajado en la Bahía de Maldonado buscando el Agamemnon y siempre había querido buscar el Graf Spee, que de hecho no es tan difícil de encontrar, de hecho hay una boya allí”, contó. El equipo de trabajo de esa expedición fue el que recuperó, entre otras cosas, el cañón del acorazado alemán que hoy se puede apreciar en el Museo Naval de Montevideo. En la segunda búsqueda —en la que también participó— se recuperó el águila nazi del mascarón de proa, hoy en día envuelta en polémicas sobre a quién corresponde la propiedad del objeto y el telémetro del buque, que hoy se alza en la Aduana del puerto. Bound aseguró además que en aquellos años, un ministro del gobierno uruguayo (no recuerda si el titular de Educación y Cultura o del Interior), les pidió al equipo integrado por él, Bado, Sergio Pronczuk y Alfredo Etchegaray que recuperaran el águila, ya que estaban “muy temerosos a que fuese tomada por organizaciones neonazis”. Fue por aquellos años, a principios de la década del 2000, en que Discovery Channel, en una miniserie documental le pusiera el apodo de “el Indiana Jones de las Profundidades” (the Indiana Jones of the Deep, en inglés), comparando la vida y el trabajo del arqueólogo malvinense con la de su colega cinematográfico interpretado por Harrison Ford.

“El nombre quedó. Yo solía pensar que era un poco estúpido, pero a medida que me voy poniendo viejo me va gustando cada vez más, porque a mis hijos les gusta. Asi que ahora pienso que es un poco cómico”, comentó, opinando que hoy ve una correlación entre su trabajo y el de Jones, dado que ambos han tenido que viajar por el mundo enfrentándose a ciertos peligros.

“He trabajado en lugares muy pero muy extraños y algunas veces te enfrentas a situaciones y gente difícil. Si estás trabajando en el océano Indico o en el mar meridional de China, una de las cosas con las que debes lidiar es con piratas. Supongo que es un poco como Indiana Jones, pero igual no me siento así”, agregó. A tal punto se popularizó el apodo en ciertos rubros, que cuando se celebró una subasta para rematar tres látigos originales de la película, fue a Bound al que llamaron para que condujera la almoneda. Hoy, Mensun Bound vive principalmente en Oxford, ciudad donde trabajó hasta los 60 años en su prestigiosa universidad, como Triton Fellow en Arqueología Marina, en el St. Peter’s College. Sin embargo, pasa su año como mejor sabe hacerlo, viajando por el mundo. Un par de meses en la isla de Giglio, otro en España, un poco en Francia (donde tienen una oficina con su esposa) y diciembre y enero en Puerto Stanley. Sobre Uruguay, dice que el tiempo de mudarse aquí ya pasó, mal que le pese. Que tendría que haberlo hecho en su juventud, en los años ochenta y que hoy la vida lo ha llevado por otros rumbos. Pero no niega que mira con cariño la idea de alquilar una casa y poder pasar un par de meses al año en el país que lo recibió en su adolescencia.

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