Uruguay es un punto estratégico para el avistamiento de todo tipo de aves y la publicación de una nueva edición de la guía completa es una excusa para repasar una práctica que crece y apasiona. Hace algunos años, el escritor noruego Karl Ove Knausgård escribió el prólogo de un libro del fotógrafo Stephen Gill, titulado The Pillar, en el que se ven fotografías de diferentes aves tomadas desde el mismo lugar y con la misma cámara. En el texto, Knausgård se sorprende de la variedad de especímenes y comenta que se siente como un ciego que, de repente, empieza a ver. Lo que sigue es un extracto de ese mismo prólogo:
«Lo impactante fue que ya me sentía familiarizado con las aves, como me imagino que le pasa a la mayoría de la gente, ya que difícilmente podemos ir a ningún lado sin estar rodeados por ellas de una forma u otra. Aquí, donde estoy sentado, en Londres, si giro la cabeza y miro por las puertas de vidrio, pasarán dos, tal vez tres segundos antes de que un pájaro pase por encima de los árboles y os tejados. Pero precisamente por eso nos evaden. O no los vemos en su totalidad, porque no son más que pájaros, o los vemos de ciertas maneras preconcebidas: el águila majestuosa, el búho sabio, la urraca astuta. Esto es lo que hace que las fotografías de aves de Stephen Gill sean tan sobresalientes. Mirarlas es como llegar a un nuevo lugar, a una nueva tierra, una tierra de pájaros. Y es así porque estas fotografías no fueron tomadas por ninguna mano humana. No había ningún ser humano en las inmediaciones cuando se capturaron las imágenes y, por lo tanto, existen fuera del ámbito de nuestros sentimientos humanos, fuera de nuestras ideas preconcebidas, dentro del ámbito de lo accidental, en el mundo de las aves mismas.» La experiencia reveladora de Knausgård mirando esas fotos, percibiendo “el mundo de las aves” desde una perspectiva casi voyeurista a partir de las instantáneas de Gill, se puede extrapolar a quienes, de un día para el otro, ingresan en el universo de la observación de aves y se encuentran con un universo que estaba ahí.
La misma guía refiere a Uruguay como destino ornitológico por excelencia de la siguiente manera: “Uruguay cuenta con una característica que llama la atención por lo exclusiva: en una salida de campo, durante un solo día y eligiendo el lugar adecuado, se puede identificar y observar entre 70 y 120 especies, lo que es poco frecuente en otros países. Se hace hincapié en el término ‘observar’, ya que en las selvas tropicales, con gran diversidad de especies, muchas veces se llega a esa cifra o más, pero es muy difícil ver las aves, más bien se las escucha”.
“Cuando empiezan con esto la gente se asombra de todos los pájaros que hay a su alrededor y que nunca habían visto hasta que empezaron a prestar atención. Pasa mucho, por ejemplo, con el pitayumí, que tiene plumaje azul en el dorso y el pecho amarillo, que es muy bonito y es supercomún. Está en cualquier jardín”, cuenta Rocha, que asegura que las salidas en el exterior no se comparan con las que pueden hacerse dentro de fronteras uruguayas. Acá, las decenas de especies son moneda corriente. “En Europa recuerdo hacer salidas con personas que sabían mucho del tema, y a lo sumo veíamos nueve o diez especies. Acá te vas al Jardín Botánico una mañana, un lugar que está lejos de cursos de agua importantes, y te venís mínimo con 35 especies. Y si un día querés ver más de 100 especies, vas a la laguna de Rocha o a la de Castillos, y listo. En Ecuador hay más de 1.600 especies, y en las salidas en zonas tropicales ves 10 o 15 especies. Los guías me comentaban que lo primero que los norteamericanos aprenden a decir en español es ‘se fue’”.
Zonas calientes
Rocha asegura que su vínculo con la ornitología comenzó de niño, en las salidas que hacía con su padre a un campo de Cerro Largo, adonde viajaban desde Montevideo. Y que el primer flechazo fue con los colores de los pájaros.
“Ella era especialista en bioacústica. En ese momento no sabíamosidentificar nada por los sonidos. No sabíamos casi nada del canto de las aves. De hecho, cuando me contrató quise renunciar enseguida. No podía identificar nada por el sonido y ella me dijo ‘Gabriel, no te preocupes que en América los ornitólogos son sordos’”. En la dirección de la ONG Asociación Conservacionista Uruguay de Ornitología (ACUO), Rocha imparte desde hace años cursos para quien esté interesado en la materia, ya sea novato o iniciado. Los temas y la especificidad difieren dependiendo el interés de la persona, pero tienen como tronco común el ecoturismo y la conciencia por el cuidado del ecosistema. Eso es algo que une a la mayoría de los “pajareros” en el mundo y que queda de manifiesto en cualquier documental que se vea sobre el tema. Esta nota se permite recomendar dos: Pajareros, sobre el corredor de pájaros ubicado en la frontera entre México y EEUU y disponible en Netflix, y The Birders:
A Melodic Journey through Northern Colombia, que se puede encontrar en Youtube y va sobre las especies del país sudamericano y su vínculo con las poblaciones del caribe colombiano. Dentro de la práctica internacional, además, hay concursos y eventos destacados. En Venezuela y Perú es común encontrarse con competiciones de avistamiento. En Estados Unidos, en tanto, las disputas incluyen equipos, puntajes y jornadas enteras de observación que se denominan Big Days. Entre los torneos más famosos están la World Series of Birding, en Nueva Jersey, y el Great Texas Birding Classic, que dura cinco días.
Uruguay, mientras tanto, no persigue la competencia pero se da el gusto de tener “zonas calientes”, donde la cantidad de especies que se pueden avistar en un solo día es zonas del país buscando especies, asegura que en Montevideo hay muchos puntos, zonas arboladas donde han avistado, por ejemplo, gavilanes mixtos. Ahora ella y un grupo de avistadores están detrás de un halcón peregrino que, según revela, está por la zona del Buceo. Para el fotógrafo Federico Rubio, en tanto, el cruce con las aves se dio casi de casualidad. Con la pandemia encima, un proyecto de fotografía urbana que mantenía en la ciudad de Lima, Perú, se cortó, y debió recalcular su trabajo. Se encontró así, un día, tomándole una fotografía a un cardenal en invierno y quedó hipnotizado por aquella imagen que le descubría un mundo que había tenido en cuenta, pero que ahora se le resignificaba delante de los ojos.
“Soy fotógrafo desde hace 30 años y me interesaban las aves como posible sujeto fotográfico, pero era una cosa que tenía guardada. Además no sabía nada de aves, conocía lo básico –cuenta–. Es un universo muy diferente a lo que estaba haciendo. Venía de la fotografía analógica con cámaras grandes. Había hecho el pasaje a las cámaras digitales pero con una de formato medio, un poco más pesada y de mayor calidad, pero eran fotos estáticas y con requisitos totalmente diferentes. Para esto se precisan lentes más largos, cámaras más livianas, que disparen ráfagas y tengan autofocos rápidos.
Para mí fue como aprender a sacar fotos de nuevo. Nunca había utilizado teleobjetivos, por ejemplo”. Rubio también hizo cursos, se compró varias guías y empezó a investigar. Se apasionó y abrió una cuenta de Instagram (@federico_ rubio_birds) en donde cuelga sus fotografías. De todo lo que se ve allí, destaca los momentos en los que se encontró con comportamientos peculiares, como un grupo de pechos amarillos persiguiendo a un gavilán o un tordo siendo alimentado por un benteveo y una tijereta a la vez. “Empecé hace un año y medio y la sensación que tengo en este momento es que no sé cuándo puede terminar –asegura, y luego concluye–:Entré por la madriguera del conejo y ahora soy como Alicia. Tengo mucho por explorar”. Fuente https://www.elobservador.com.uy/

